diumenge 22 de novembre de 2009


La llamada economía sumergida

La llamada economía sumergida incluye fenómenos distintitos, desde la ocultación total o parcial de actividades económicas hasta el crimen organizado y sus conexiones con el mundo empresarial. La ocultación de actividades efectuada por empresas grandes o medianas pretende maximizar beneficios, sobre todo mediante la sobreexplotación de unos trabajadores indefensos ante la perspectiva del paro. Fue una práctica tolerada desde el momento en que empezó la caída del excedente empresarial a mediados de los 70, siguió siéndolo después a pesar de que este excedente volvió a subir, y sigue siéndolo ahora. La incapacidad de dar empleo a una parte importante de la población activa y la dificultades de una número elevado de inmigrantes para normalizar su situación, pero también el agudo conflicto entre grandes empresas y pymes, explican la proliferación de pequeñas empresas totalmente o parcialmente ilegales, así como la extensión del trabajo a domicilio y de varias formas de contrata entre empresas legales e ilegales. En cuanto al crimen organizado (trafico de capitales, drogas, armas, mujeres, etc.), se constata su fuerte dependencia del exterior, tanto o quizás más que en la propia economía legal. Prescindiendo de factores políticos y sociales, la explicación económica de este hecho debe buscarse en lo siguiente: el sistema monopolista, al restringir la competencia en el propio país, da pie a que aparezcan las formas antes citadas de competencia “desleal” de la que algunas grandes empresas también se benefician a través del mecanismo de la subcontratación de actividades. Estas, junto con otras prácticas fraudulentas, generan a su vez unos beneficios no declarados. Una parte de ellos se convierten en activos financieros, como los pagarés del Tesoro, pero su rentabilidad suele ser baja; y para incrementarla, se puede recurrir a una de estas dos vías, según el riesgo que se asuma: la evasión de capitales, por medios contables por ejemplo, como la que practican numerosas empresas del país y multinacionales, o la conexión con las mafias.

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diumenge 25 de octubre de 2009


La lucha por una democracia de nuevo tipo y la superación del sectarismo


Los marxistas somos anticapitalistas. Luchamos, pues, por realizar el socialismo y el comunismo. Pero la liquidación definitiva del capitalismo no es un objetivo al alcance de la mano en la presente coyuntura. Por otra parte hay otras fuerzas sociales, además de la clase obrera y las restantes clases trabajadoras, interesadas en mayor o menor grado en poner fin al poder detentado por la burguesía monopolista española y en acabar con las injerencias imperialistas. Esto nos puede permitir luchar por una democracia de nuevo tipo que materialice los intereses comunes del proletariado con todas las demás clases sociales y capas sociales opuestas al actual dominio de la burguesía monopolista y a las intromisiones del imperialismo y de las grandes potencias.

Los mayores problemas que afectan al pueblo en todas las nacionalidades del Estado español sólo pueden resolverse bajo este nuevo poder que representará a la inmensa mayoría de la población. Esta democracia de nuevo tipo es, asimismo, la única vía para realizar una serie de transformaciones profundas con los mínimos costes económicos y sociales y para avanzar paulatinamente hacia el socialismo.

La lucha por conquistar esa democracia recorrerá previsiblemente un camino complicado, en donde pueden sucederse situaciones como la de hoy en día, de democracia burguesa, con otras de represión y violencia abierta contra el pueblo y de agresión exterior. Sea como sea, la primera condición para que esta lucha desemboque en un cambio real de poder reside en que la clase obrera llegue a desempeñar un papel dirigente y vaya consiguiendo victorias parciales sobre los mayores enemigos del pueblo, tanto si se dan situaciones pacíficas como violentas.

La presente democracia sólo ha dado satisfacción parcial a las demandas democráticas, debido a que el poder fundamental del Estado sigue en las mismas manos que lo tenían bajo el franquismo, o sea, en las de la burguesía monopolista. Dadas estas circunstancias, las siguientes tareas, relacionadas entre sí, concretan hoy la lucha por una democracia de nuevo tipo.

*Luchar por unas mejores condiciones de vida para las clase obrera y las otras clases trabajadoras.

*Defender y ampliar las libertades, así como los derechos de las nacionalidades minoritarias, frente a los reaccionarios.

*Oponerse a la dependencia de España respecto de los EE.UU. y prevenir los manejos de otras grandes potencias aquí.

*Cooperar con las fuerzas obreras y progresistas del resto del mundo y contribuir a la defensa de la paz mundial.

En estos momentos, la debilidad del movimiento obrero y el retroceso de la influencia del marxismo en España son problemas muy serios que debilitan las conquistas democráticas, perjudican una defensa eficaz de las deterioradas condicines de vida de las clases trabajadoras e impiden que exista una cooperación estable entre las diferentes fuerzas progresistas.

Por ello, es necesaria la más estrecha colaboración entre las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera en defensa de sus intereses económico-sociales más inmediatos y de los demás objetivos antes señalados, así como la unidad de acción que se pueda dar entre estas organizaciones y otras fuerzas progresistas alrededor de tales objetivos políticos.

La acción conjunta de los marxistas es indispensable para agrupar a todas las organizaciones y sectores activos de la clase obrera y lograr eventuales alianzas con otras fuerzas progresistas. Además, esa acción conjunta a partir de los problemas más candentes para el pueblo, puede ser la base de una labor amplia, encaminada a mejorar la influencia del marxismo en la sociedad española y despejar las dificultades existentes para avanzar con garantías hacia la unidad política y organizativa del proletariado.

Las actitudes sectarias que han predominado en varios momentos entre los marxistas en España, son, en la presente situación, doblemente nefastas. Practicando la unidad de acción, las divergencias ideológicas y políticas existentes pueden superarse paulatinamente si se persiste en poner el acento en los puntos de coincidencia, desarrollar el espíritu autocrítico y valorar por el rasero de la práctica los resultados de las distintas políticas y concepciones.

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dimarts 30 de juny de 2009


Contradicciones de clase y democracia de nuevo tipo


El poder del Estado es el objetivo central al que debe apuntar la lucha de todas las clases dominadas en España para mejorar radicalmente su situación. Pero las posibilidades de esas clases en lucha por el poder son muy desiguales, debido a la misma desigualdad que existe en sus condiciones de existencia. La situación de clase en las relaciones de producción, su peso numérico, la concentración o la dispersión de sus efectivos y sus tradiciones ideológicas y organizativas, determinan su fuerza potencial y sus limites en el enfrentamiento con la burguesía monopolista y su Estado.

Partiendo de los rasgos objetivos de cada clase en la actualidad y teniendo presente también su evolución histórica, sobre todo, en el siglo XX, se llega a la conclusión de que las contradicciones de clase más importantes en España son, en primer lugar, las que enfrentan a la burguesía monopolista y al imperialismo con el proletariado, con la pequeña burguesía y con la burguesía media; segundo, las que oponen la burguesía media y la pequeña burguesía al proletariado; y tercero, las que dividen en ciertos momentos a la burguesía monopolista internamente. Así, a efectos de la lucha política, grupos sociales como los funcionarios o los intelectuales e, incluso, el semiproletariado aparecen ligados a una u otra de las clases citadas más arriba o se dividen respecto a ellas.

Todos los grandes problemas económicos y políticos de España se reflejan en estas contradicciones de clase. En ciertas situaciones, cualquiera de ellas puede desempeñar un papel determinante en relación con las demás, como ocurrió, por ejemplo, en el intento golpe de Estado de febrero de 1981 que puso de manifiesto, en esencia, un choque frontal entre dos tendencias de la burguesía monopolista. Sin embargo, la oposición entre la burguesía monopolista y el imperialismo, por un lado, y el proletariado, por otro, es la contradicción principal, o sea, la que más influye por lo común sobre las otras contradicciones mientras el poder no cambie de manos en España. Así, por ejemplo, cuando el proletariado es capaz de oponerse activamente a la burguesía monopolista, las restantes clases encuentran un terreno más despejado para su propia acción y acaban movilizándose en defensa de sus intereses. Tal fue lo que ocurrió desde principios de los años 60 hasta mediados de los 70. En cambio, la lucha de la burguesía media o de la pequeña burguesía no suele producir el mismo efecto de arrastre respecto al proletariado, como se comprueba en estos momentos.

En la medida en que España no es ninguna colonia o semicolonia y que el imperialismo ejerce normalmente su opresión aprovechándose de la debilidad económica de la burguesía monopolista española, el proletariado se enfrenta principalmente contra esta clase. Ahora bien, aunque el imperialismo actúe como telón de fondo de la situación española, no debe excluirse que, en algún momento, pase a ser el factor decisivo. Del mismo modo que los reaccionarios de 1936 llamaron en su auxilio a los ejércitos fascistas, mientras existan el imperialismo y los consiguientes conflictos entre grandes potencias, España puede ser objeto de una agresión, y, en este caso, la potencia agresora y sus apoyos internos serían el blanco número uno en la lucha del proletariado.

Por el contrario, la oposición entre la burguesía media y la monopolista, siendo muy importante en algunas circunstancias, no puede determinar ningún cambio social en España, ya que el dominio que la segunda ejerce sobre la primera se asienta sobre la explotación en común de los trabajadores. Tampoco la pequeña burguesía, a pesar de la situación crítica de una parte de ella bajo el actual sistema social y a pesar de su indudable capacidad de lucha, tiene ya fuerza suficiente, ni la tendrá en el futuro, para cambiar por sí sola el rumbo político y social de este país.

Entre la burguesía media y el proletariado hay una relación de explotador a explotado. Pero incluso en la lucha económica, esta contradicción queda en general supeditada a la que existe entre el proletariado y la burguesía monopolista, en la medida en que es ésta junto con el Estado quien impone principalmente los precios, salarios, etc. En el aspecto político, la contradicción radica en el temor de la burguesía media a la revolución y se pone en evidencia, por ejemplo, en situaciones de lucha por las libertades, cuando esta clase intenta utilizar la fuerza de los trabajadores para mejorar su posición respecto a la burguesía monopolista y, al mismo tiempo, evitar el desbordamiento por su izquierda. También en este caso, la relación entre burguesía media y clase obrera suele depender de la correlación de fuerzas entre ésta última y la burguesía monopolista.

¿Por qué la contradicción principal es entre burguesía monopolista y proletariado, y no entre el conjunto de la burguesía y el proletariado? Porque esta última contradicción no refleja la diferenciación neta entre los monopolistas y el resto de la burguesía y el hecho de que los primeros detenten lo esencial del poder.

La contradicción entre el conjunto de la burguesía y el proletariado es secundaria desde el punto de vista de la lucha por cambiar la sociedad española en este período histórico concreto. Ahora bien, considerando la transformación revolucionaria de España en su conjunto, a través de sucesivas etapas, entonces esta contradicción sí desempeña un papel principal o fundamental, o sea, no es posible resolver ninguno de los grandes problemas que hoy atenazan España sin avanzar al mismo tiempo hacia la completa emancipación de la clase obrera, eliminando, primero, el poder de la burguesía monopolista, edificando, luego, el socialismo.

Los conflictos dentro de la burguesía monopolista se manifiestan en luchas por el control de las instituciones centrales del Estado, porque éste tome una u otra forma y por imponer tal o cual orientación a la política exterior española. El detonador de esos conflictos suele ser la lucha de las demás clases y los cambios en la situación mundial, aunque, a veces, estos dos factores tienen una influencia secundaria, como se vio en el frustrado golpe de Estado de 1981.

Por lo tanto, sólo el primer grupo de contradicciones, que oponen la burguesía monopolista y el imperialismo al resto de clases fundamentales, afecta de lleno la naturaleza del poder en España. Su resolución es indispensable para transformar la sociedad española, lo cual entraña la desaparición como clase de la burguesía monopolista. El segundo grupo, en el que cabe destacar, sobre todo, la oposición entre la burguesía media y el proletariado, se refiere principalmente a la pugna entre las clases dominadas por hacer prevalecer la influencia de una u otra en su conflicto con los monopolistas y el imperialismo. Mientras las contradicciones del tercer grupo pueden acarrear cambios de régimen, mayor o menor dependencia externa, sin alterar la naturaleza del Estado.

Además, siendo la oposición del proletariado a la burguesía monolista y al imperialismo la principal contradicción social, el acceso al poder de la pequeña burguesía y la burguesía media es unicamente posible en la medida en que el proletariado conquiste una posición dominante en la sociedad.

En concreto, el paso del poder a manos del proletariado, el semiproletariado, la pequeña burguesía, la burguesía media y los grupos sociales afines a esta clases, es lo que, emplenado la terminología de Jose Diaz, podríamos llamar revolución democrática de nuevo tipo, capaz de edificar un Estado sin los terribles lastres del que hoy existe y de abordar los cambios económicos y sociales que, según vimos, determinan una etapa de transición entre el capitalismo y el socialismo.

La democracia de nuevo tipo se enfrentaría a tres grandes tareas:

* Abolir la opresión y la explotación o la expoliación económicas que sufren las clases trabajadoras en manos de la gurguesía monopolista, pero que también afectan en distinto grado a la burguesía no monopolista.

* Poner fin al vaivén entre terror de masas y democracia que es una constante en la historia reciente de este país; dar plena satisfacción a las aspiraciones mayoritarias de las nacionalidades periféricas; acabar con el protagonismo militar; reducir la Iglesia católica a simple; asociación religiosa; lograr que el Estado sea una máquina administrativa eficaz para el progreso económico y social de España; y estar en condiciones de resistir a las intromisiones, chantajes o agresiones de cualquier gran potencia.

* Orientar la economía a la satisfacción de las necesidades sociales, alcanzando un ritmo de crecimiento sostenido y equilibrando los distintos sectores y ramas; conquistar una independencia económica compatible con la necesaria vinculación con el resto del mundo y de Europa en particular; promover la transformación y modernización de las pequeñas y medianas empresas y explotaciones agrarias; avanzar hacia el pleno empleo; empezar a corregir los desequilibrios territoriales y entre campo y ciudad, y preservar los recursos naturales, sobre todo los más difícilmente recuperables.
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divendres 8 de maig de 2009


Eleccions europees: Aportacions sobre la política exterior de seguretat comuna a la Unió Europea.

Aquest escrit recull les meves aportacions al program electoral de les eleccions europees. El redactat en negre reflecteix la proposta inicial del document. Els suggeriments d'ampliació que proposo apareixen en vermell:

Eix 17: Una veu única al món: la política exterior de seguretat comuna a la Unió Europea La UE porta un retard molt considerable en el desenvolupament d’una política exterior comuna. Avui en dia, l’impuls d’una veritable política exterior comuna és considerada com un element fonamental perquè els països europeus puguin seguir tenint un pes rellevant en l’àmbit internacional. Els països europeus per si sols no poden ara, i menys en el futur, actuar de forma rellevant per si mateixos. Només la Unió podrà, desenvolupant els seus propis mecanismes de política exterior, per mantenir una veu Europea al món.

Els darrers temps s’ha posat en evidència la feblesa dels mecanismes de política exterior de la Unió. Una impotència dels europeus que es va posar de manifest amb la incapacitat per reaccionar de forma immediata i actuar de forma unitària a crisis internacional com la de Iraq.

La UE només fa papers rellevants a escala internacional quan la presidència de torn recau en un dels Estats grans, com va ser el cas de la presidència francesa, i tot i així de forma molt limitada.


La dependència política i militar europea, ben visible en l’expansió cap a l’est de l’OTAN i del sistema de bases nord-americanes, explica la feblesa dels mecanismes de política exterior de la UE. Una part de les forces socials i polítiques de la UE pretenen treure partit d’aquesta dependència, com ja vam veure en la justificació que es va donar de la participació espanyola en la invasió de l’Iraq (evitar que els EUA posessin entrebancs a les inversions espanyoles a l’Amèrica del Sud).

La dependència europea ha fet fracassar la possibilitat d’establir la relació amb Rússia sobre una base de seguretat mútua dins l’OSCE, i en part, també és la causa que, en el pla polític i militar, a molts països del Tercer Món els sigui difícil de distingir una posició europea diferenciada de la dels EUA: tornant a l’exemple de l’Iraq, tot i la no participació oficial alemanya en la invasió i la retirada espanyola posterior, les bases dels EUA en aquests dos Estats van ser molt importants dins la logística de la guerra, i els serveis secrets alemanys, com s’ha sabut més tard, van treballar activament per aplanar el camí a les tropes americanes.


Sense l’aprovació de la Constitució ni del Tractat de Lisboa els avenços institucionals previstos s’han quedat estancats, malgrat que és possible fer millores institucionals sense la seva aprovació. A ICV-EUiA varem valorar positivament aquests avenços com un dels pocs elements positius del Tractat Constitucional, tot i que eren extremadament febles.

Tot i així volem subratllar un cop més que les estructures de política exterior han de ser urgentment reforçades. No té cap sentit mantenir 27 diplomàcies més o menys repartides per tot el món, i unes estructures comunitàries en competència entre sí, com la rivalitat en aquest àmbit entre el Consell i la Comissió.

Si bé s’han donat passes importants com l’anomenada Instrucció Consular Comuna, l’acció consular segueix sent marcadament estatal, tal i com van posar de manifest els atacs terroristes a la Índia.

En algunes qüestions fonamentals, la voluntat dels Estats segueix estant per sobre de tot, com és el cas de la reforma de la ONU, on la UE és incapaç de trobar una posició conjunta, per la defensa tancada que del seu lloc permanent al Consell de Seguretat fan França i el Regne Unit.

Com a conseqüència evident de la supeditació als EUA, la UE porta també un considerable retard en el desenvolupament d'una defensa comuna. Avui els Estat Europeus generen una despesa militar enorme, descoordinada, i totes les decisions el matèria de defensa estan sotmesos a les directrius de la OTAN, anul·lant tota autonomia europea en aquest àmbit. Els tímids avenços realitzats en el marc de la PESD no han aconseguit trencar aquest marc.

Al marge de les qüestions institucionals i de la manca de coordinació, Europa ha de decidir el paper quin paper vol jugar al món. Entre la retòrica i l’agenda concreta de l’acció exterior de la Unió, hi ha un important diferència.

La política comercial de la Unió està basada en unes negociacions que només busquen el benefici econòmic immediat, amb acords de col·laboració que inclouen clàusules de condicionalitat de respecte als drets humans i a la democràcia que no s’acaben executant mai.

A més a més, l’acció de la UE en el marc de les negociacions en l’OMC està exclusivament centrada en la defensa de les barreres aranzelàries contra els productes agroalimentaris dels països empobrits i en l’exigència d’obertura dels mercats d’aquests països als productes industrials i de serveis.

Malgrat tot cal destacar també aspectes positius de l’acció exterior de la Unió: l’agenda comuna per lluitar contra la pena de mort, o l’impuls de la legislació internacional contra el canvi climàtic en són bons exemples.

Cal dir en favor de la política exterior de la Unió, que hi ha qüestions que sense els europeus no estarien en cap cas en l’agenda internacional: la protecció dels drets humans i la seva codificació, o la ja esmentada agenda contra el canvi climàtic. Són exemples que mostren que, amb voluntat política, la UE pot ser capaç de desenvolupar una política exterior única amb una agenda civilitzadora.

Propostes d’ICV-EUiA per una política exterior i de seguretat comuna:

Partint de la necessitat d’aconseguir la independència europea de la política exterior i militar dels EUA, de construir un sistema continental de seguretat col·lectiu amb Rússia i de cooperar amb el Tercer Món sobre una base d’igualtat i benefici mutu, proposem

Mecanismes institucionals

1.-Posar en funcionament els mecanismes de política exterior que preveu el Tractat de Lisboa, a través de l’acord del Consell, independentment del futur del Tractat.

2.-Creació d’una estructura única que integri una diplomàcia pròpia, els serveis del Consell de Ministres i els de relacions internacionals de la Comissió, un Ministre d’exteriors de la UE i un sistema de presa de decisions més àgil que superi la unanimitat. Cal integrar els organismes del pilar comunitari amb la PESC.

3.-Si no hi ha acord unànime per a la entrada en funcionament d’aquesta estructura, ICV-EUiA apostem perquè els països que hi estiguin disposats donin el pas, anat a un sistema de velocitats variables com ja el tenim amb l’eurozona.

Política comercial exterior

4.-Pressionar l’Organització Mundial del comerç perquè aquesta canviï la seva agenda proteccionista per al món ric i liberalitzadora per al món pobre per una agenda sostenible, potenciant en primer lloc la reducció de la pobresa.

5,-Reforma dels subsidis a l’exportació i d’altres aspectes de la Política Agrària Comuna que amenacen les economies dels països pobres i subvencionen uns quants oligopolis i paràsits socials europeus.

6.-Sancionar les pràctiques de les multinacionals europees que fan malbé el medi ambient i atempten contra els drets socials com ho serien a l’interior d’Europa.

7.-Obligatorietat de les clàusules ambientals en els acords comercials.

8.-Execució de les clàusules socials, mediambientals i de gènere, de retirada del Sistema de preferències generalitzades en cas de vulneració de drets bàsics.

9.-Revisió de la política d'acords comercials per fer-la girar al voltant del desenvolupament. Acord comercials com el de pesca amb el Marroc suposen un autèntic espoli dels recursos del tercer món.

Política d’asil i ajuda humanitària

10.-Canviar les normes europees d’asil. Cal revisar la Convenció de Dublín, que pretén harmonitzar les polítiques d’asil de la UE per tal de garantir una millor protecció del demandant d’Asil.

11.-Paper actiu de la UE en la protecció dels drets dels asilats, sovint vulnerats pels estats. En el darrer mandat hem assistit a una preocupant reducció de l'acceptació de demandes d'asil a països com Espanya, i a un tractament inhumà de persones demandants d'asil a Itàlia. La UE ha de garantir que els seus Estats membres compleixen la Convenció sobre l'Estatut dels refugiats de 1951.

12.-L’ajuda internacional i humanitària ha de ser també una prioritat. Establir un cos civil de pau europeu preparat per actuar en cas d’ajuda humanitària ha de ser una prioritat.

13.-S’ha de dotar de més mitjans a l’ECHO.(Comissió Europea d’Ajuda Humanitària) .

Prevenció de conflictes

14.-Desenvolupar de forma molt més important la seva tasca de prevenció de conflictes.

15.-La UE s’ha de centrar en els instruments civils de política exterior.

16.-Creació de cossos civils de pau d'àmbit europeu.

Defensa del multilateralisme

17.-Reforçar els organismes internacionals i el dret internacional.

18.-Articular una veu única el en sí de la Nacions Unides, impulsant decididament la seva reforma.

19.-Garantir els compromisos internacionals amb el Sahara.

Defensa dels drets humans

20.-La UE diu que té com a prioritats de la seva política exterior la pau,la democràcia i els drets humans; ara, perquè això concordi amb la realitat, la UE hauria d’oposar-se a la colonització progressiva de Cisjordània, a prosseguir la ruïna de Gaza, Iraq i Afganistan, a alimentar la inestabilitat permanent del Líban i a aguditzar la desestabilització de Pakistan.

21.-Les clàusules “democràcia i drets humans” incloses als acords d'associació han de ser executades en cas de violació dels drets humans, com és el cas de l’acord amb Israel.

22.-Cal que Europa activi els seus mecanismes interns de protecció dels drets humans, com les investigacions que pot dur a terme el Consell en cas de constatació de vulneració dels drets. En els darrers anys hem assistit a una preocupant retrocés en matèria de protecció dels drets humans a Europa, especialment a països com Itàlia.

La Política Europea de Seguretat i Defensa

La despesa militar de la Unió europea va ser de 242.000 milions d'euros l’any 2007 (dades del SIPRI), una contribució més que considerable a la despesa militar global. Si sumem, a més a més, tots els soldats dels exèrcits dels Estats membres de la UE comptabilitzem 2 milions d'efectius: un 10% dels soldats que hi ha al món.

Les propostes d’ICV-EUiA són:

23.-Reduir el volum global de la despesa militar ajustant-lo a les veritables necessitats de l'Europa actual, dels 27, tot i reduint, al mateix temps, els efectius de les forces armades estatals, professionalitzant-les i dotant-les d'una doctrina i un equipament eminentment defensiu, d'utilitat per participar en missions de pau i humanitàries en cooperació amb les forces de protecció civil. No volem vint-i-set exercits més un sinó un sol exèrcit per a tota la Unió que permeti una reducció efectiva de la despesa militar a Europa.

24.-Implementació de la posició comuna en el codi de conducta d'exportació d'armes de la UE, impulsat pel nostre eurodiputat Raül Romeva.

25.-Treballar per l'elaboració d'un tractat internacional sobre el comerç d'armament.

26.-Actualitzar l'Estratègia de Seguretat Europea adoptada pel Consell Europeu de Brussel·les al 2003, per tal de incorporar-hi tota la dimensió del que ha vingut a denominar-se “seguretat humana”.

27.Enfortir l’OSCE en la perspectiva de convertir-la en un pilar d’un sistema de seguretat col·lectiu per al continent europeu.

28.Actualitzar i fer complir el Tractat de No Proliferació Nuclear, defensar el desarmament nuclear complet i el compromís dels Estats dotats d’aquestes armes de no fer-les servir mai contra els qui no en tenen.

29.-Desenvolupar les capacitat necessàries per tal de poder desenvolupar des de la UE totes les operacions pròpies de la PESD, sense dependre de la OTAN ni dels estats membres.
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dilluns 13 de abril de 2009


Las clases sociales en España


El capitalismo monopolista introduce numerosas novedades en el mapa de las clases sociales en España. Por un lado, consuma la división de la burguesía en dos fracciones bien definidas e integra en una de ellas a los grandes terratenientes. Por otro, amplía enormemente la clase obrera o proletaria a costa, sobre todo, del campesinado, modifica la composición interna de la pequeña burgue­sía, del proletariado y del semiproletariado, y cambia también la relación de las distintas clases con varios grupos sociales. La distribución y los rasgos básicos de las clases y grupos sociales son los siguientes :

La burguesía monopolista

O sea, la élite de la burguesía y de los terratenientes y sus gestores y agentes directos en la economía, la política y la cultura, que detenta los mayores recursos del país. Aunque el número de sus componentes es muy reducido, es capaz de marcar con su sello tanto la economía como las instituciones centrales del Estado, sus leyes y su política fundamentales, la cultura y la llamada opinión pública. Unas veces, como bajo el franquismo, este sello es de hierro candente, otras, como ahora, es mucho más suave, aunque no menos real. Esta gran burguesía tiene aquí varios componentes, según que sus intereses estén más ligados a la banca, a la propiedad de la tierra, a la industria o al comercio, según su vinculación a unos o a otros grupos extranjeros, y según provengan o no de los políticos y militares vencedores en la guerra civil y del sector público franquista. En cualquier caso, no presenta diferencias internas por origen nacional y el chovinismo castellano-español es un rasgo ideológico común a sus distintos componentes, ya que la opresión de las nacionalidades no castellanas y una férrea centralización del Estado han sido requisitos necesarios para imponer su dominio. El Partido Popular es actualmente su partido más representativo, si bien la defensa de sus intereses fundamentales recae en una mayoría de altos funcionarios civiles y militares, en jerarquías de la Iglesia católica, en la Asociación de la banca, la dirección de la CEOE y la de varias asociaciones profesionales, culturales, deportivas y medios de comunicación.

En los últimos cien años ninguna causa reaccionaria ha prospe­rado en España sin contar con el apoyo de la vieja oligarquía o de esta burguesía monopolista que es su heredera directa. Así, la mayoría de esta clase no dudó en recurrir a la guerra civil y a una represión implacable para consolidar su dominio, si bien una parte de ella aprendió más recientemente a manejar la situación con medios menos brutales, a distinguir entre sus intereses fundamentales y los secundarios, y a hacer concesiones cuando el momento lo impone. Esta diferenciación de tendencias políticas, en su seno va ligada a varios factores. Uno de ellos fue la agudización de la lucha de clases al final del franquismo. Otro factor no menos importante es el internacional, y para entender cómo actúa hay que fijarse en la endeble situación de la burguesía española en la política y economía mundiales. A esto se debe su petición de apoyo a la Alemania y la Italia fascistas en un primer momento y su cesión de parcelas de soberanía a los EE.UU. más tarde, a cambio de protección para consolidar su ámbito propio de poder. La supeditación a la potencia imperialista más fuerte en cada período es, pues, una tendencia constante en la gran burguesía española, pero en la medida en que sus intereses no son idénticos a los de sus sucesivos padrinos, la defensa de ellos puede llevar a esta clase o a una parte de ella a adoptar una posición intermedia en los grandes conflictos internacionales. Esto es evidente hoy en día por los vínculos creados con las clases dominantes de otros países europeos. Pero incluso el franquismo, gracias al desinterés de Berlín por extender su dominio directo en España, no llegó a convertirse en un títere de las potencias fascistas y pudo tender puentes hacia los EE.UU., a medida que los ejércitos del Eje iban retrocediendo en el frente soviético.

Si bien los intereses de la burguesía monopolista española son en general incompatibles con los de los trabajadores, es preciso tener escrupulosamente en cuenta y tratar adecuadamente las distin­tas tendencias que se manifiestan dentro de esa clase, porque el predominio de una u otra puede significar, como se ha visto, cambios en la forma de Estado, o sea, represión abierta o bien compromisos más o menos duraderos con las clases dominadas.

La burguesía media

La forman los propietarios y gestores de la gran mayoría de las empresas industriales, comerciales o de otro tipo y de un sector de la banca, y engloba también a los campesinos ricos y acomodados. Está económicamente supeditada a la burguesía monopolista a través del crédito, de las políticas de precios, salarios y fiscal, de los planes de estabilización y reconversión, y a menudo también, a través de su integración en la red productiva o comercial de la gran burguesía. Su sector más fuerte y emprendedor ha procurado escapar de la estrechez del mercado español, asociarse con empresas extranjeras, innovar la tecnología y, en los años de expansión, dotarse de bancos propios, para intentar competir con la burguesía monopolista e integrarse en ella, pero por lo común, sólo ha logrado sobrevivir. De ahí que su oposición relativa a la burguesía monopolista tenga una base económica permanente, fruto en cierta medida de la menguada acción imperialista de España y de las limitaciones de su mercado interno.

En cuanto a actitud política, la burguesía media presenta notables variaciones según su actividad económica, su nacionalidad y la situación política general. Así, la mayoría de esta clase o se opuso al franquismo hasta que éste no empezó a tambalearse, procuró sacar el máximo provecho del control a que estaba sometida la clase obrera e incluso una parte de ella cooperó activamente con la Dictadura. En las ciudades, por ejemplo, los grupos que se enriquecieron con la especulación del suelo constituyeron a menudo un sólido apoyo para el anterior Régimen. Tan sólo en el País Vasco y Cataluña aparecen sectores relativamente amplios de esta clase con tradiciones históricas distintas, objetivos definidos y organizaciones propias, como el Partido nacionalista vasco o Convergencia i Unió. Tales fuerzas pretenden dirigir los movimientos nacionales vasco y catalán, arrancar derechos autonómicos amplios sin llegar a la separación y alcanzar la hegemonía en estas nacionalidades. Engeneral, la forma democrática de Estado es la única en que los distintos grupos de la burguesía media pueden aspirar a defender unos intereses propios diferenciados de los de la burguesía monopolista.

En relación a la clase obrera, participan en su explotación, pero, paralelamente, una parte de sus organizaciones y personalidades han cooperado con los trabajadores en la lucha antifascista, tanto en 1936 como posteriormente. Es decir, por su posición social es posible contar con el apoyo activo o pasivo de un sector de estas fracciones de clase en momentos decisivos de la lucha contra la reacción y el capital monopolista, siempre que sus intere­ses propios no sean gravemente lesionados por las fuerzas proletarias y éstas sepan contrarrestar la tendencia de la burguesía media al compromiso a todo precio con los que detentan lo esencial del poder.

La pequeña burguesía

Esta clase de pequeños propietarios trabajadores incluye a los campesinos con ingresos algo superiores a los de un obrero agrícola que emplean mano de obra fija o no, a los campesinos de las explo­taciones familiares, cuyos ingresos son iguales o inferiores a los de un obrero agrícola y que representan la mayoría de esta clase en d campo, y a los pequeños patronos pesqueros. Por otro lado, también pertenecen a la pequeña burguesía los dueños y arrendata­rios de talleres, comercios, bares, pequeños establecimientos hoteleros y de transporte, etc., tanto si emplean como no a un número reducido de trabajadores. Esta clase representa la subsistencia de la economía mercantil simple en el capitalismo, el cual empuja a la extinción algunos de estos grupos, al tiempo que favorece la expan­sión de otros.

La especulación del suelo urbano y el turismo de masas han abierto para una minoría de la pequeña burguesía algunas posibilidades de promoción social hacia la burguesía media, Pero para la mayoría, el desarrollo de las relaciones de producción capitalistas ha significado un constante vaivén entre rachas de prosperidad y rachas de endeudamiento, emigración, cambio de oficio, cuando no el paso directo al proletariado o al semiproletariado. El capitalismo monopolista, promoviendo grandes concentraciones urbanas y despla­zamientos de masas (migraciones, turismo, grandes distancias entre los emplazamientos de la vivienda y el trabajo), hace surgir multitud de nuevas profesiones ligadas a la construcción, al consumo, al intercambio, etc., que, por su misma inestabilidad y pequeño radio de acción, no son a veces un terreno propicio para el capitalista y sí, en cambio, para la pequeña burguesía. Pero por ejemplo, las condiciones favorables para la proliferación de tiendas, talleres, etc., fruto del crecimiento de las ciudades, desaparecen al cabo de un tiempo con la creación por la burguesía de nuevos centros comer­ciales y de servicios que van arruinando a los primeros.

Por otra parte , los campesinos pequeños y medios se ven sometidos no ya a la competencia de las explotaciones agrarias capitalistas, con sus menores costos de producción, o de las importa­ciones de productos agrarios, sino a la explotación combinada de los monopolios de piensos y abonos, de elaboración de alimentos y comercialización. El capitalismo monopolista desplaza, pues, a los campesinos arruinados a las ciudades, en donde una parte de ellos llegan a establecerse como pequeños productores, transportistas o comerciantes, hasta que vuelven a quedar atrapados por sus tenazas, y así unifica con esta expoliación diversificada, como nunca lo había hecho antes la burguesía premonopolista, la situación de las distintas fracciones pequeñoburguesas. El peso numérico de esta clase es aún relativamente importante: unos tres millones, inclu­yendo la llamada "ayuda familiar" (familiares que trabajan en el negocio o explotación) y la mayoría del semiproletariado, de los cuales más de la mitad son campesinos. El trasvase de campesinos a la industria y sobre todo a los servicios y el decrecimiento de sus efectivos totales son los principales cambios que afectan a la pequeña burguesía. En particular, bajo el actual sistema social, la gran mayoría de explotaciones agrarias familiares estarían condena­das a desaparecer a medio plazo si el retroceso del empleo en los demás sectores económicos no frenara esta tendencia.

Su inestabilidad, su dispersión y el tener acceso a una propie­dad a menudo irrisoria, pero que alimenta esperanzas de elevar su posición algún día, dificultan su actuación como fuerza política independiente de las demás clases. Esta es la raíz de la diversidad de sus tendencias políticas e ideológicas. Si durante el franquismo el conservadurismo social, el fanatismo religioso y el chovinismo castellano-español sirvieron para organizar en el Movimiento nacional y en los cuerpos represivos a algunos sectores de esta clase, no es menos cierto que muchos de sus elementos activos se han sumado a partidos de la burguesía media, al PSOE o a las filas comunistas, a pesar de contar con cooperativas, gremios, organizaciones sindicales propias (sindicatos campesinos) y asociaciones político-culturales. Sólo en aquellas nacionalidades no castellanas donde poseen tradicio­nes históricas revolucionarias, han llegado a constituir partidos y movimientos propios, como Esquerra republicana de Catalunya, de orientación nacionalista o claramente independentista y con alguna influencia sobre el proletariado y el semiproletariado.
Es obvio que el grueso de estas pequeñas burguesías únicamente podrá estabilizarse y prosperar económica y socialmente con la desaparición del capitalismo monopolista; y para alcanzar tal objetivo es indispensable la acción conjunta de las fuerzas proletarias y pequeñoburguesas, ya que éstas últimas no disponen ni de la mayoría numérica que habían tenido en el pasado, ni de la capacidad objetiva de transformación, ni del nivel de organización del proletariado.

El semiproletariado

Los pequeños arrendatarios y aparceros, los campesinos que dedican una parte de su tiempo a trabajar a jornal, los pescadores, pequeños artesanos y vendedores, y otros grupos de trabajadores han constituido durante muchos años la gran masa de esta clase de transición entre la pequeña burguesía y el proletariado, y algunos de estos grupos han llegado a actuar como fuerza relativamente independiente en ciertos momentos de la lucha de clases. Con el desarrollo del capitalismo muchos de sus antiguos efectivos se sumaron a la clase obrera y, sin embargo, desde hace dos décadas o más un nutrido sector de los pequeños campesinos de las explota­ciones familiares están convirtiéndose, a su vez, en semiproletarios al trabajar a tiempo parcial en la industria o los servicios. Ambos grupos de semiproletarios están sometidos a la explotación del capital monopolista o de otras fracciones burguesas, aunque posean algunas tierras o instrumentos de trabajo; tienen, pues, los mismos intereses fundamentales que la clase obrera, si bien su dispersión, sus variadas condiciones concretas de trabajo y su mentalidad dificul tan su organización.

La clase obrera o proletariado

Es la clase opuesta a la burguesía por su lugar en la produc­ción y en las demás actividades económicas de intercambio, consumo, etc. Comprende, pues, a los trabajadores asalariados de la industria la agricultura, la construcción, la minería, la pesca, el transporte, y también a los del comercio, la banca, la hostelería y otras ramasde servicios. Evidentemente no pertenecen a esta clase aquellos asalariados que representan los intereses de los capitalistas en las empresas.

El proletariado, y dentro de él los obreros industriales, ha pasado a ser en dos o tres decenios la clase más numerosa en España, la más concentrada en su lugar de trabajo y la clase oprimida que con más vigor ha luchado por sus intereses y por los del resto 'del pueblo. Su crecimiento numérico se ha dado junto a importantes cambios en su composición: más de un millón de jornaleros, aproximadamente la mitad de los que había en 1950, se incorpo­raron a la construcción, la industria o los servicios, aquí o en otros países europeos; decreció también el número de mineros y trabaja­dores textiles; mientras aumentaban los efectivos de los obreros metalúrgicos y de otras ramas industriales, de la construcción y el transporte, los empleados de hostelería, banca, oficinas y los técni­cos; y asimismo crecía rápidamente la proporción de trabajadores calificados tanto en la industria como en la agricultura. Cabe observar también la proletarización de algunos sectores de intelec­tuales, debido a la incorporación de técnicos subalternos en la producción y a otros fenómenos provocados por la evolución del capitalismo español, lo cual reviste una importancia considerable en cuanto a aportación de conocimientos indispensables para la lucha política e ideológica. Y es evidente que los intentos de institucionalizar el despido libre, la generalización de los contratos temporales, la introducción de nuevas tecnologías, la expansión del sector tercia­rio o de servicios en detrimento del industrial y otros cambios en curso van a seguir modificando algunos rasgos de la clase obrera y, en particular, elevando la proporción del trabajo mental en relación al estrictamente físico. Pero, ni la microelectronica ni los robots harán decrecer al proletariado o provocarán su extinción o substitu­ción por unas supuestas "clases medias postindustriales" o por otros inventos de los propagandistas del despido libre y la reconversión salvaje. Del mismo modo que la burguesía se ha diversificado y que el proceso de producción, distribución, etc. es cada vez más complejo, igual ocurre con la clase a la que explota. La rapidez con que se producen estos cambios, la multiplicación de las catego­rías laborales, la constante integración en la clase obrera de gentes procedentes de otras clases trabajadoras con otra mentalidad, costumbres y posiciones políticas plantean sobre todo problemas prácticos considerables para la organización sindical y política del proletariado, y dan pie a su diferenciación política en varias tendencias, además de la marxista, aunque ésta ha logrado mantener desde la guerra civil y durante largos períodos una influencia preponderante. Sin embargo, hoy y en un futuro próximo, el problema más serio, el que más debilita la capacidad de lucha económica y política del proletariado, es el problema del paro y. en particular, la desorganización sufrida por los trabajadores de la gran empresa que han desempeñado durante veinte años un papel de vanguardia.

La realidad plurinacional de España representa, sin duda, otro factor de diferenciación en la clase obrera. El proletariado de cada nacionalidad no presenta históricamente las mismas tradiciones de lucha, ideológicas y de organización, y ha existido en ciertos momentos, y subsiste aún, el peligro de que los reaccionarios provo­quen o aviven conflictos, utilizando la situación de los inmigrantes en algunas nacionalidades, las diferencias de lengua y las ideas chovinistas que ellos mismos propagan. Pero, por otro lado, estos grupos nacionales tienen más en común que lo que tienen entre sí los distintos grupos nacionales de la pequeña y mediana burguesía, ya que el capitalismo ha tendido a unificar sus condiciones de explotación como no lo ha hecho con ninguna otra clase trabajadora, ha provocado el crecimiento del proletariado catalán o vasco con trabajadores del resto de España, y ha dado pie en los últimos cuarenta años a crear organizaciones sindicales y políticas esencialmente comunes a las distintas nacionalidades. Y, en particular, ha contribuido a fomentar la unidad entre los grupos nacionales la unión de sus elementos más avanzados dirigiendo en algunos períodos lucha contra la opresión nacional o sumándose a ella activamente.

Por último, la inmigración de trabajadores africanos, sudamericanos y asiáticos en situación regular es un hecho de dimensiones muy reducidas en contraste con lo que ocurre en una gran parte de Europa occidental. Aquí se ponen de manifiesto a la vez la debilidad comparativa del capitalismo español y el carácter rapaz de ese régimen social que es impotente para dar empleo a millones de parados, pero que sobreexplota a trabajado del Tercer Mundo aprovechándose de su precaria situación legal."

Los intereses del proletariado son opuestos a los del conjunto de la burguesía, tal como se ve diariamente en la lucha por el puesto de trabajo o el salario; e incluso este conflicto puede ser a veces más grave en la pequeña y mediana empresa. Ahora bien, no es la burguesía media sino la monopolista la que determina principalmente las condiciones de explotación de los obreros, por no hablar ya de los mecanismos de opresión política. De ahí que el proletariado, para progresar hacia su emancipación, no pueda limitarse a defender sus intereses ante cualquier fracción de la burguesía, sino que tenga que esforzarse también por encabezar la oposición que la burguesía monopolista despierta entre las restantes clases, sean éstas trabajadoras o no. Y no hay ninguna otra fuerza social en España que pueda cumplir este papel, ni por su situación económica, ni por su concentración física, ni por su número, ni por sus tradiciones y experiencias revolucionarias.

El lumpenproletariado

Esta última clase social vuelve a engrosar sus filas con la recesión económica, alimentándose de trabajadores jo'venes y de todas las edades y orígenes, desprovistos de medios de subsistencia regulares. Se trata de otra consecuencia de la imposibilidad para el capitalismo monopolista de garantizar establemente el empleo cuando no existe la válvula de escape de la emigración. Hasta el presente han fracasado todos los intentos de organizar algún sector significativo de lumpenproletarios para exigir el derecho al trabajo, reinserción social de delincuentes, drogadictos, etc.; mientras, de los desheredados de esta clase se siguen nutriendo las filas para realizar tareas sucias del capital y de algunas instituciones estatales.
Un caso peculiar es el de los gitanos, como grupo étnico seminómada, descendiente de la última gran emigración asiática a la Europa medieval, que subsiste practicando la compra-venta, el trabajo artesanal, el peonaje industrial o realizando faenas eventua­les en el campo y el monte, y al que los distintos regímenes españoles les han intentado asimilar por la fuerza, con el resultado práctico de reducir a muchos de sus miembros a la condición de lumpenprole­tarios, de marginados sociales. La diferenciación de algunos núcleos sedentarios de pequeña burguesía gitana, que detentan comercios y talleres, no es más que una tendencia secundaria. El fin de la opresión para este grupo étnico va ligado a un cambio social en España, aunque, por su marginación forzada, los prejuicios racistas existentes y sus peculiares costumbres, está, en general, desvinculado de la lucha de clases que practica el resto del pueblo.

Grupos y otras categorías sociales

Además de estas clases, se debe tener en cuenta la existencia de varios grupos sociales. Unos, como los dirigentes y cuadros medios empresariales, están vinculados a la producción y suelen identificar sus intereses con los de la burguesía. Otros, como los funcionarios, el clero, los maestros, los profesionales y otros intelec­tuales, desempeñan funciones políticas e ideológicas, y su actuación es muy importante en la lucha de clases debido a esas mismas funciones. El número de funcionarios civiles y profesionales ha crecido considerablemente y sus categorías se han multiplicado, al mismo tiempo que el Estado diversificaba su intervención en la producción y en otras esferas de la vida social y se extendían los estudios universitarios y técnicos. Como consecuencia, la situación social de muchos componentes de estos grupos se ha degradado y una parte importante de ellos es perfectamente asimilable a la pequeña burguesía o incluso al proletariado.

Las mujeres formaron un grupo social originado con la división sexual del trabajo en la sociedad primitiva y la aparición de la propiedad privada. Aunque hoy en día su pertenencia de clase por actividad productiva o por vinculación familiar no ofrezca dudas, cabe subrayar, primero, la mayor explotación que sufren las mujeres trabajadoras en comparación con los hombres y, segundo, la limita­ción de derechos y las vejaciones de que siguen siendo objeto bajo el presente régimen. El capitalismo español, especialmente durante el último período de expansión económica, acrecentó el porcentaje de mujeres en el mundo laboral y, más aún, en la enseñanza media y superior. La utilización que el capitalismo español hace de ellas como una reserva secundaria de mano de obra poco calificada, explotable sobre todo antes del matrimonio, las distintas formas de discriminación de hecho e incluso legal, los intereses económicos derivados de la explotación la prostitución y la mentalidad sexista con que se sigue educando conjunto de la población, indican que la desaparición del capitalismo monopolista es la primera condición para que las mujeres de clases trabajadoras puedan avanzar hacia su emancipación.

La aparición de la juventud como sector activo diferenciado dentro de cada clase social es un fenómeno determinado por la tendencia del capitalismo a alargar el período previo de incorpora al trabajo, debido a la necesidad creciente de mano de obra cualificada, y por la lucha de los trabajadores oponiéndose a la explotación de los adolescentes y exigiendo acceso a la cultura y a la educación. Se trata, pues, de un hecho histórico muy reciente, sobre todo en España, que ya dio pie a que el falangismo, como . los movimientos fascistas de otros países, utilizase una mística! juvenil para intentar enmascarar la lucha de clases y manipular a los jóvenes. Pero en una época en que aquí era habitual la explota­ción de los adolescentes, el falangismo fracasó, mientras veinte años más tarde, con un mayor nivel de escolarización y la entrada en la Universidad de miles de jóvenes de las clases populares, las organizaciones marxistas alcanzaron una gran influencia en la juventud. Siendo cierto que los jóvenes son el sector más activo de las clases trabajadoras en todas las grandes luchas políticas y socia­les, como ahora mismo se comprueba, ocurre también que la continuidad y estabilidad de sus movimientos y organizaciones amplias están limitadas por varias razones. Algunas son obvias, como el hecho de que sus miembros dejen de serlo por imperativo de edad. Otras radican en los efectos de la misma anarquía del capitalismo sobre la reproducción humana, como la actual caída de la tasa de natalidad que reducirá los efectivos juveniles en la próxima década. Y también debe considerarse la inestabilidad del sistema educativo español, que es el principal marco físico de concentración de la juventud y que ha sido sometido a constantes ajustes desde hace años. El vigente régimen social ha sometido alternativamente a los jóvenes de las clases trabajadoras a la miseria, a la emigración y a una educación rudimentaria o bien al paro masivo, al trabajo clandestino y a una educación desliga da de las necesidades de la sociedad; y, en cualquier caso, los ha privado de ideales y valores colectivos. He aquí otras tantas razones para su lucha.


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dijous 20 de novembre de 2008


Control públic del sistema financer i propietat pública del sòl

Sense el control públic del sistema financer no hi ha sortida progressista de la crisi, ni nova política econòmica, ni nou model de res.

Aquesta afirmació es basa en això: el Banc d’Espanya, sota la direcció de L.A. Rojo, va fer els deures el 2000 i va regular el que podia regular: exigència de provisions bancàries altes i criteris més estrictes sobre el crèdit. La regulació del Banc d’Espanya ens ha estalviat el crac financer, però no pas la bombolla immobiliària ni el dèficit exterior del voltant del 10% del PIB. La banca no va fer ni cas de les exigències del regulador de restringir el crèdit hipotecari.

Encara que no hi hagués hagut bombolla als EUA i crac financer als EUA i Europa, aquí l’esclat o el desinflament de l’immobiliari s’haurien produït igualment, perquè els pisos estan sobrevalorats un 30 o un 40%, i després de l’esclat o desinflament, també hi haurien hagut problemes a la banca: si el totxo es devalua, també ho fan els títols basats en hipoteques o en crèdits amb garantia hipotecària, sense necessitat de subprimes.

En general, sota el capitalisme, la propietat pública total o parcial és l’única palanca forta per evitar desequilibris catastròfics entre sectors o subsectors o entre les grans magnituds econòmiques, com hem pogut comprovar aquí. Els sistemes reguladors, sense aquesta palanca, només poden fer de tallafocs: atenuen la dimensió del desastre o impedeixen que es propagui a més sectors.

És per això que les classes treballadores i els seus partits només poden influir en la política econòmica, en la política industrial, per exemple, i parlar seriosament de nou model, si el poc o molt pes polític que tenen es pot projectar sobre la palanca de la propietat.

En el cas del sector immobiliari, l’altra gran palanca per fer que l’oferta s’orienti a la demanda, és a dir, que es construeixi, més aviat o en part, per satisfer les necessitats majoritàries de la població i no pas, principalment o únicament, per satisfer la demanda especulativa, és la propietat pública del sòl, acompanyada d’un mercat de drets d’ús d’aquest sòl, que és una de les fórmules de l’oferta municipal de pisos a Barcelona (pisos de concessió o amb dret de superfície).

¿Com és que ICV o ICV-EUiA, que és i ha estat decisiva per fer que hi hagi una política pública immobiliària a Catalunya, no ha generalitzat el que ja fèiem, proposant objectius com la municipalització del sòl, tot i que sabem que ara com ara no hi han condicions per aconseguir aquest objectiu?

ICV o ICV-EUiA s’ha limitat massa sovint a explicar simplement el que fa, o a parlar de nou model social o simplement de valors, i no ha definit, a partir de les experiències més positives (i generalitzables) de govern, objectius o orientacions generals.

Un exemple: l’esforç desplegat en l’oferta pública de pisos, tant als governs locals com al nacional, ens hauria d’haver portat a definir objectius generals com ara el control públic de la banca o la municipalització del sòl, com a únics instruments per parar els peus a aquest capitalisme de casino finaceroimmobiliari.

Així hem tendit a reduir la nostra influència als beneficiaris directes i concrets de l’acció de govern o a sectors més ideologitzats, i hem deixat que una part important de la població no ens distingeixi dels socialistes.

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dijous 30 de octubre de 2008


Quatre reflexions sobre la situació internacional

De 2004 fins ara ressalten els fets següents: l’actual crisi financera, la tendència cap a un nou ordre econòmic internacional, l’enquistament de les guerres i els conflictes del Pròxim Orient i l’expansió de l’OTAN cap a l’est.

Lactual crisi financera

El 2007, l’esclat de la bombolla immobiliària als EUA fa trontollar tota la banca, i un sistema financer sense control amplifica i transmet la crisi a tot el món. A Europa, es produeix una situació relativament semblant amb l’esclat de bombolles immobiliàries a Irlanda, Gran Bretanya i Espanya. L’afectació d’uns recursos que pugen al voltant del 20% del PIB de la UE, aprovada pels governs europeus, per nacionalitzar una part de la banca o avalar-ne els préstecs interbancaris i l’emissió de deute, assenyalen la dimensió del problema.

Aquesta crisi posa de manifest, entre altres lliçons, que:

- la important socialització de la propietat practicada durant els últims tres decennis al món occidental (milions de petits accionistes directes, o bé indirectes per mitjà de fons de pensions) ha permès superar la situació d’estancament i inflació de la segona meitat dels anys setanta, però la privatització d’una gran part del sector públic i la desregulació del mercat financer, tant dins de cada Estat com al pla internacional, no permeten atenuar els efectes de les crisis cícliques.

- fins i tot una certa regulació del mercat financer (exigència de reserves més altes, condicions més restrictives per als crèdits i hipoteques), sense instruments públics més sòlids (banca, propietat del sòl), no pot impedir que la inversió immobiliària s’orienti a l’especulació, en comptes de fer-ho a les necessitats de la població. Aquesta és una lliçó específica del cas espanyol.

D’altra banda, hi han tres factors negatius més, connectats en un sentit o un altre amb la crisi financera: la tendència a la recessió; l’encariment de les primeres matèries, els hidrocarburs i els aliments; i l’aparició d’un nou entrebanc per al comerç mundial.

En proporcions molt diferents en cadascun dels principals països occidentals, la pujada de l’interès de les hipoteques i d’altres crèdits d’interès variable, la congelació de crèdit nou a persones i empreses, l’enfonsament del sector immobiliari i, en un primer moment, l’encariment de les primeres matèries, hidrocarburs i aliments, han disminuït el consum, cosa que ha tendit també a frenar o disminuir els beneficis empresarials i a fer lliscar el món occidental cap a la recessió.

L’encariment de les primeres matèries, els hidrocarburs i els aliments ha tingut almenys tres causes. Una de positiva per a molts països del Sud exportadors d’aquests productes: la demanda creixent, sobretot de la Xina. I dues de negatives: l‘ús d’una part dels cereals, sobretot als EUA, per produir biocombustibles; i el desembarcament de capital especulatiu en els mercats de futurs basats en l’estimació del preu de les matèries primeres d’aquí a un cert temps. Ara, la tendència a la recessió ha fet baixar la demanda d’aquests productes i també els preus, cosa que, d’una banda, frena la inflació, per exemple a la UE, i de l’altra, perjudica els països exportadors del Sud.

Acaba de fracassar l’anomenada ronda de Doha de l’Organització Mundial del Comerç, és a dir, les negociacions mantingudes de fa anys per incrementar el comerç internacional, a partir d’acords multilaterals per reduir subvencions, aranzels i altres obstacles. La causa principal és la resistència dels EUA i la UE a posar fi escalonadament a les subvencions massives de les seves exportacions agroalimentàries, que han arruïnat molts agricultors de l’Àfrica i l’Amèrica Llatina. En un moment com ara, aquest fracàs continua entrebancant el desenvolupament agrari de molts països del Sud, afavorint l’emigració de supervivència cap als països del Nord, i, frenant l’expansió del comerç mundial, també dificulta la sortida de la crisi per als països del Nord.

Cap a un nou ordre econòmic internacional

El fet positiu més important d’aquests anys és l’intens desenvolupament econòmic dels països del Sud amb més població, com ara la Xina, l’Índia o el Brasil, i d’algun altre com Rússia, que ha fet sortir de la pobresa centenars de milions de persones, gràcies a combinacions molt diferents en alguns d’aquests països de propietat pública, col·lectiva, privada i individual, de planificació indicativa i mercat, i de recursos propis i inversió estrangera.

Els efectes del desenvolupament xinès i indi, principalment, han estat:

- l’augment de la demanda de primeres matèries, hidrocarburs i aliments, que, com hem dit abans, ha mantingut o elevat el preu d’aquests productes i ha ajudat al progrés econòmic experimentat sobretot per molts països de l’Amèrica Llatina.

- l’aparició significativa d’un eix Sud-Sud: acords comercials i inversions importants i creixents entre la Xina i l’Índia i un seguit de països americans i africans.

- la formació per primer cop d’empreses multinacionals basades en el Sud que absorbeixen grans empreses europees o americanes. La gran siderúrgia índia Mittal és l’exemple més espectacular.

- unes grans reserves de divises, que han finançat l’endeutament creixent dels EUA,i que junt amb el potencial de demanda exterior que comportarà el desenvolupament progressiu de les àrees rurals de l’Índia i la Xina, són ja ara un factor d’estabilitat financera i poden complir aviat una funció reguladora anticrisi al pla mundial.

De moment, tal com assenyala la presència de la Xina, l’Índia i el Brasil, entre altres, a la cimera sobre finances del 15 de novembre a Washington, els principals països delSud ja no poden ser marginats quan les potències occidentals han de prendre decisions d’envergadura. Ben aviat, el pes econòmic d’aquest grup de països superarà el dels occidentals, i les regles del joc de la globalització basada en la llei del més fort, com l’hem coneguda a partir de la descolonització, començaran a canviar.


L’enquistament de les guerres i els conflictes del Pròxim Orient

Es tracta principalment de:

- la continuació de les guerres d’ocupació a l’Iraq i l’Afganistan, de la colonització de Cisjordània i la consolidació de la Franja de Gaza com un immens ghetto.
- l’ocupació militar de curta durada del sud del Líban per Israel.
- l’amenaça de guerra contra l’Iran, definida en aquests moments com la possibilitat de raids israelians contra instal·lacions nuclears o militars, semblants al bombardeig israelià de fa temps contra un reactor nuclear a l’Iraq.

Pel que fa a la implicació europea en aquesta regió, les novetats consisteixen en això:

- sense deixar d’estar presents a l’Iraq, les tropes de molts països europeus tenen un pes cada cop més important a l’Afganistan.
- la UE s’alinea amb els EUA i Israel en el tractament de Hamas com a grup “terrorista” i també és responsable doncs del càstig col·lectiu imposat contra el milió de persones que malviuen a la Franja de Gaza.
- durant l’ocupació del sud del Líban, tres dels quatre representants de països de la UE al Consell de Seguretat de l’ONU voten no o s’abstenen respecte a l’exigència d’alto el foc a Israel.

L’expansió de l’OTAN cap a l’est

Als anys noranta els governs dels Estats implicats en l’OTAN van assegurar que no hi havia cap propòsit d’expandir aquesta aliança, en particular cap als nous Estats que havien format part de l’URSS.

Al final de l’última guerra balcànica, amb l’ocupació de Kosovo, l’OTAN va formalitzar el que acabava de posar en pràctica, és a dir, una intervenció fora de l’àmbit territorial dels seus membres, no motivada pas per cap amenaça d’agressió sinó basada en l’anomenat “dret d’ingerència humanitària”. En aquell moment, l’aplicació d’aquest “dret” per l’OTAN es va limitar essencialment a l’espai europeu, mentre que els EUA s’atribuïen l’aplicació d’aquest mateix “dret” al Pròxim Orient.

El 1999 es va produir la primera ampliació d’aquesta aliança militar amb l’entrada de tres Estats de l’antic Pacte de Varsòvia; dels set països que van entrar-hi el 2004, tres havien format part de l’URSS (Estònia, Letònia, Lituània); i dels cinc candidats a entrar-hi que hi han en aquest moment, dos també n’havien format part (Geòrgia i Ucraïna). Dels altres tres, dos són el resultat de les anteriors guerres balcàniques (Croàcia i Macedònia). Llavors, ara que la Guerra Freda ja és història i que l’OTAN agrupa 26 països i té cinc candidats a membre, quines són les seves funcions?

La primera, per ordre cronològic, ha consistit a ocupar el buit que hi havia hagut entre l’OTAN i el Pacte de Varsòvia, aprofitant els conflictes interns de l’exIugoeslàvia. Aquí convé afegir que, d’aquests conflictes, a part de tres nous membres de l’OTAN, n’han sortit com a mínim dos Estats inviables: Bòsnia i Kosovo, estructurats sobre bases ètniques més que no pas nacionals, supeditats a l’aportació financera de la UE i a la presència militar europea o americana; de fet, dos protectorats.

La segona, l’ús de tropes europees com a “contractistes” quan les forces americanes es troben sense efectius disponibles, o quan necessiten la cobertura d’una “aliança internacional” per legitimar les intervencions al Pròxim Orient.

La tercera, començar a establir l’encerclament militar de Rússia, com a mesura preventiva, davant el procés de recuperació econòmica d’aquest país.

Aquesta última funció s’ha anat fent visible progressivament:

- l’acord de Polònia i Txèquia a la instal·lació d’un sistema de míssils en aquests dos països, orientat a “interceptar míssils provinents de l’Iran”.
- l’aplicació d’un sistema de doble mesura en els conflictes dels Balcans i del Caucas: mentre que l’OTAN considera que Abkhàzia i Ossètia de Sud són simples territoris autònoms de Geòrgia, ha atribuït a Kosovo el dret a la independència, encara que en els documents firmats per la UE i l’OTAN al final de la guerra contra Sèrbia hi hagi el compromís formal de trobar una solució per a Kosovo dins el marc de la sobirania de Sèrbia.
- l’aventura militar del govern georgià d’aquest agost passat, mirant de canviar amb un raid fulminant l’estatu quo dels dos territoris autònoms, separats de fet per les forces russes de pacificació, i neutralitzada per una reacció contundent de Moscou.

L’aventura georgiana, preparada meticulosament amb el transport de tropes georgianes d’ocupació de l’Iraq i que ha comptat també amb l’ajut d’Israel, sembla més aviat un tempteig indirecte de la capacitat de resposta russa, abans d’acabar d’absorbir les exrepúbliques soviètiques de Geòrgia i Ucraïna dins l’Aliança Atlàntica.
Nota.-ESMENES AL DOCUMENT D’ESTRATÈGIA- 9a ASSEMBLEA D'ICV.



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dimarts 15 de juliol de 2008


Marx, entre nosotros


Si hemos de hacer caso de los críticos del marxismo, hablar hoy de Marx es un ejercicio inútil. Según ellos, el pensamiento de Carlos Marx es una antigualla, no sirve. Todo lo más, algunos aspectos de sus trabajos tienen interés limitado dentro de las ciencias sociales, pero el genero de su teoría no sólo es erróneo sino dañino para la humanidad.

Para convencernos de ello, los que atacan el marxismo han escrito cientos de artículos, miles y miles de frases que también han sido repetidas mil veces. Pero ¿cómo es posible que un personaje cuya obra es completamente errónea siga despertndo tanto odio?¿Acaso este interés en descalificar a Marx no demuestra más bien que sigue vigente? Nadie gastaría tanta tinta en atacar un oscuro y fracasado economista decimonónico si sus ideas no estuvieran bien vivas.

Que el marxismo está vivo es tan cierto como que hay explotadores y explotados, opresores y oprimidos, y que unos y otros se enfrentan. Es tan cierto como que el capitalismo y el imperialismo han producido y producen miseria y guerra. Es tan cierto como que las clases y pueblos oprimidos luchan por su liberación o se esfuerzan por construir una sociedad más justa y libre. La grandeza y vigencia de Marx está en que su pensamiento está intimamente vinculado a todo esto de modo inseparable.

Desde sus mismos inicios, el marxismo sufrió contínuos ataques y tergiversaciones. La propia vida y obra de Marx y su compañero Engels son testimonio de ello. Ahora se siguen produciendo desde la reacción y desde sectores que hacen de su particular versión del "marxismo" una coartada para sus intereses. A los marxistas de hoy en día, nos corresponde hacer frente a este desafío, no sólo enfrentándonos, sino trabajando para profundizar y aplicar el pensamiento de Marx aquí y ahora. Esta debe ser nuestra contribución a la causa del comunismo cuyos fundamentos teóricos orientó el propio Carlos Marx.


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divendres 13 de juny de 2008


La experiencia socialista

Es posible sintetizar las experiencias en la construcción del socialismo, a partir de los fracasos que han sufrido varios países y de las reformas que llevan acabo otros. Existen cuatro puntos fundamentales en los que podemos coincidir la mayoría de los marxistas:

*Un socialismo como sistema económico abierto, basado en la coexistencia de varias formas de propiedad, con la pública como dominante.

*Un socialismo que tome formas muy distintas, de acuerdo con las condiciones peculiares de cada país, tanto en lo político –partido único o pluripartidismo- como en lo económico – mayor o menor peso de la propiedad pública, etc.-

*Un socialismo democrático, en el que el Partido no se confunda con el Estado, ni las organizaciones sociales con el Partido.

*Un socialismo que tenga por objetivo satisfacer las necesidades materiales y espirituales de la población y promover unas relaciones de igualdad y cooperación con el resto del mundo.

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divendres 2 de maig de 2008


Un llamamiento de apoyo a China



Acabo de dar mi apoyo al siguiente manifiesto promovido por Domenico Losurdo :


Estamos asistiendo a una indigna campaña de demonización de la República Popular China, dirigida y orquestada por gobiernos y emporios mediáticos más decididos que nunca a avalar el martirio interminable del pueblo palestino y dispuestos siempre a desencadenar y secundar guerras preventivas como la que en Irak ha provocado centenares de miles de muertos y millones de refugiados.

la independencia (quizá camuflada de "autonomía") del Tíbet. Si se alcanzase este objetivo, la misma consigna se lanzaría para el "Gran Tíbet" (un área tres veces mayor que el Tíbet propiamente dicho) y después para el Xinjiang, para la Mongolia interior, para Manchuria y para otras regiones más. La realidad es que, en su loco proyecto de dominación planetaria, el imperialismo intenta desmembrar un país secularmente constituido sobre una base multiracial y multicultural, en el que hoy conviven 56 etnias. No es casualidad que esta Cruzada no la promueva desde luego el Tercer Mundo, que mira a China con simpatía y admiración, sino el Occidente que desde las guerras del opio ha sumido al gran país asiático en el subdesarrollo y en una pavorosa tragedia de la que finalmente está saliendo un pueblo que representa la quinta parte de la humanidad.

Con base en consignas análogas a las que se gritan contra China se podría promover el desmembramiento de no pocos países europeos como Inglaterra, Francia, España y sobre todo Italia, donde no faltan los movimientos que reivindican la "liberación" y la secesión de la Padania.

El Occidente donde se encuentra la Santa Sede de la religión de los derechos humanos no ha dicho una sola palabra sobre los pogromos antichinos que el 14 de marzo en Lhasa costaron la vida a civiles inocentes, incluidos ancianos, mujeres y niños. Mientras proclama estar a la cabeza de la lucha contra el fundamentalismo, Occidente transfigura del modo más grotesco el Tíbet del pasado (fundado sobre la teocracia y sobre la esclavitud y la servidumbre de masas) y se postra ante un Dios-Rey empeñado en construir un Estado con base en la pureza étnica y religiosa (también una mezquita ha sido asaltada en Lhasa), anexionando a este Estado territorios que son ciertamente habitados por tibetanos pero que nunca has sido administrados por un Dalai Lama: es el proyecto del Gran Tíbet fundamentalista, querido por quienes desean poner en crisis el carácter multiétnico y multicultural de la República Popular China para poder desmembrarla mejor.

A finales del siglo XIX, a la entrada de las concesiones occidentales en China estaba bien a la vista el cartel: "Se prohíbe la entrada de perros y chinos". Este cartel no ha desaparecido; tan sólo ha sufrido algunos cambios, como lo demuestra la campaña para sabotear o desmerecer de algún modo las Olimpiadas de Pekín: "Prohibidas las Olimpiadas a perros y a chinos". La Cruzada antichina en curso se inscribe directamente en una larga e infame tradición imperialista y racista
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dimarts 1 de abril de 2008


¿A quién sirven los marxistas?

El marxismo es una herramienta de conocimiento social que sólo puede ser asimilada, manejada y enriquecida por aquella parte de la sociedad vitalmente interesada por acabar con la opresión y la explotación clasista. De hecho, se ha convertido en la primera teoría social capaz de explicar científicamente su ligazón con una clase, el proletariado, y con los países oprimidos. Por esta razón, las clases explotadoras no pueden hacer otra cosa que combatirlo, aunque a veces se inspiren en alguno de sus elementos, como el recurso a distintas formas de socialización de la propiedad, ya sean las nacionalizaciones, hace décadas o el accionariado popular, más tarde.

Todas las demás teorías científicas han nacido vinculadas también al desarrollo de una u otra clase social. En los siglos XVII y XVIII, la aparición de las modernas ciencias de la naturaleza fue inseparable del ascenso de la burguesía como clase que necesitaba apoyarse en esas ciencias, desgajarlas de la mezcla de conocimientos prácticos, creencias mágicas y religiosas que dominaron en siglos anteriores, para edificar un tipo de sociedad capaz de revolucionar constantemente la producción, gracias a las innovaciones técnicas. Muchos científicos pagaron con la vida su audacia de poner en duda las creencias del viejo mundo feudal. Sólo más tarde, con el feudalismo casi barrido de la Tierra, la física, la química o la biología han pasado a ser patrimonio común de la humanidad.

Pero en el caso del marxismo existe una relación mucho más estrecha con el proletariado. Mientras la burguesía podía teñirse de mentalidad y política feudales y reducir el impacto revolucionario de las ciencias naturales al terreno exclusivo de la técnica y la producción, los trabajadores dependen totalmente del marxismo para alcanzar el poder y avanzar en su liberación: ninguna otra teoría social guió las dos grandes oleadas revolucionarias del siglo pasado ni inspira hoy en día la construcción de un socialismo embrionario en una serie de países que engloban a más de la quinta parte de la humanidad.

No puede haber, pues, movimiento obrero plenamente consciente de sus intereses que no sea marxista, y el marxismo, o las tesis teóricas de los comunistas -como señalan Marx y Engels en "El Manifiesto"- "no se basan en modo alguno en ideas o principios inventados o descubiertos 'por tal o cual reformador del mundo. No son sino la expresión del conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos".

A pesar de sus errores y retrocesos, de la misma confusión que hoy existe sobre la utilidad del marxismo, ninguna otra concepción del mundo y teoría social puede atribuirse la representación de los intereses del proletariado durante más de un siglo y a escala mundial.

LA VERDAD DEL MARXISMO ESTA EN LOS HECHOS

Para establecer su vínculo esencial con el movimiento obrero, el marxismo tenía que dar una respuesta satisfactoria al viejo problema filosófico de la relación entre teoría y práctica, entre pensamiento y acción: ¿en qué consiste la verdad de una teoría?, ¿de dónde provienen las ideas?. Y esto es algo que la burguesía revolucionaria no podía resolver puesto que, para instaurar su poder y mantenerlo, tenía que jugar con doble baraja: defender el principio de igualdad, como derecho igual para todos a ser patrón u obrero, como identidad de derechos para todas las naciones, por un lado, y, por otro, hacer lo necesario para que la minoría de patronos imponga su ley a la mayoría de obreros, y para que las naciones más fuertes opriman a las más débiles.

El marxismo, en cambio, puede proclamar ese principio revolucionario que la burguesía sólo acepta en el terreno de las ciencias naturales: la verdad de toda teoría está en los hechos. De esta manera, el marxismo -o el movimiento marxista- es capaz de encajar, sin desmoronarse, los cambios constantes en la realidad, y puede dar cuenta de sus mismos errores cuando una experiencia práctica concluyente deja en falso algunos de sus planteamientos.

Al afirmar que la práctica es, por regla general, lo determinante, la fuente de que nace todo pensamiento, y el rasero por el que se mide la verdad de éste, el marxismo es materialista y está a la escucha de la realidad.

Y gracias a este materialismo, el movimiento marxista o una parte de él ha escapado una y otra vez de la tentación dogmática, se ha orientado en las situaciones más difíciles y complejas y ha actuado en consecuencia. Tal fue el caso de Lenin cuando defendió la posibilidad de tomar el poder en un país atrasado, frente a aquellos marxistas que repetían que la revolución tenía que empezar en el occidente capitalista desarrollado porque así lo había escrito Marx.

UNA GUIA PARA LA ACCIÓN

Pero si la verdad no está en la cabeza de la gente, sino que se manifiesta por medio de la práctica, ¿cómo puede el pensamiento mandar, dirigir, o guiar la práctica? He aquí un asunto en el que se embrollan muchos intelectuales críticos, espiritualmente marxistas. Algunos sostienen que el análisis marxista no puede determinar ninguna línea de acción y sólo sirve de estímulo moral al revelar la miseria de hoy y permitir vislumbrar un futuro libre para la humanidad. Nos proponen, de hecho, que dejemos en manos de otros el tomar las decisiones prácticas políticas y económicas, con lo cual volvemos a encontrar la vieja impotencia de la burguesía revolucionaria para ligar teoría y práctica.

El movimiento marxista, en cambio, sostiene que la teoría recoge las leyes según las que se mueve una sociedad, o sea las formas regulares con que aparecen, se desarrollan, se influyen entre sí y mueren los diferentes ingredientes de la sociedad: las clases, el Estado, los factores económicos, las ideas y comportamientos,..., y gracias a ese conocimiento extraído de la práctica se puede orientar la misma práctica de una manera mucho más precisa, mucho menos ciega que antes para que concuerde con el movimiento de la sociedad y facilite el nacimiento de lo avanzado, en vez de oponerse a su despliegue. En esto radica en general la función de guía para la acción que posee la teoría marxista.

DIALÉCTICA Y REVOLUCIÓN

Ahora bien, hay algo más que añadir respecto de la influencia del pensamiento sobre la acción y la realidad social: en ciertas condiciones, el papel determinante no lo desempeña la práctica sino precisamente la teoría, el pensamiento. Por ejemplo, la práctica revolucionaria de los trabajadores es anterior al nacimiento del marxismo, pero, por tratarse de una práctica influida por las distintas corrientes burguesas o pequeño burguesas revolucionarias, no podía llevar al movimiento obrero hacia la victoria. Entonces, la aportación teórica de Marx cumplió una función determinante cuyos resultados se empezaron a obtener en el siglo XX.

Esto nos lleva a una reflexión más general. Por lo común, es el funcionamiento economicosocial (las condiciones objetivas) lo que se impone sobre la disposición consciente de los hombres para cambiar la sociedad (las condiciones subjetivas). Pero, a veces, ocurre exactamente lo contrario: la acción consciente de una o más clases trastoca el funcionamiento social y genera una nueva sociedad. Lo subjetivo pasa a ser objetivo: un rasgo típico de las situaciones revolucionarias, a las que el marxismo es capaz de responder porque concibe la realidad como unidad de dos aspectos opuestos en constante movimiento, en que ambos aspectos se condicionan, se influyen mutuamente, y en que, bajo ciertas circunstancias, el aspecto normalmente secundario se convierte en su contrario, pasa a ser el principal.

MARXISMO Y LUCHA DE CLASES

Y el marxismo ¿acaso no es una unidad de contrarios? Sí, lo es. Es una unidad de teoría y práctica, de teoría y movimiento de clase. Pero también es una unidad de corrientes diversas. Lo fue en la II Internacional entre socialistas de varias tendencias, fundamentalmente entre reformistas y revolucionarios, antes de que esta unidad estallase a raíz de la I Guerra Mundial y de la victoria de la Revolución de Octubre. Lo fue incluso en la III Internacional, mucho más unificada. Y más tarde, la oposición entre estas diferentes tendencias se agravó hasta llegar al conflicto abierto entre ellas y a sucesivas rupturas de la unidad anterior. Entre las causas que provocaron tales divisiones están las actitudes dogmáticas -como se dijo antes- y empiristas (que sólo ven los hechos aislados entre sí), y está la incomprensión de la unidad de los contrarios por ejemplo, de la unidad entre lo subjetivo y lo objetivo. A veces, una parte del movimiento marxista, rechazando la necesidad del golpe de timón de las fuerzas revolucionarias, ha reducido el cambio social a la maduración de las condiciones objetivas. Su determinismo le ha convertido en espectador de la revolución o, aún peor, en cómplice de los reaccionarios. En otros casos, ha habido marxistas que creyeron que la revolución estaba al alcance de la mano, que los revolucionarios podían apretar a placer el acelerador de la historia y provocar el cambio a medida de su voluntad y su esfuerzo. Y ese voluntarismo, esa fe ciega en la fuerza de lo subjetivo, los ha aislado de los trabajadores o, incluso, ha dado pie a que fuesen manipulados.

En general, para el marxismo como para las ciencias naturales, es inevitable la aparición de puntos de vista distintos ante nuevos problemas y situaciones, lo cual da lugar a varias tendencias, opiniones o enfoques dentro de la unidad básica del movimiento marxista. Pero a diferencia de las ciencias naturales, excepto en parte la biología, el marxismo está sometido al fuego directo de la lucha de clases, y aquellos puntos de vista que no concuerdan con la realidad se convierten a veces en agarradera de las clases explotadoras para utilizar una parte de la teoría y del movimiento marxista en beneficio propio. De ahí que, en ciertos momentos, el desarrollo histórico del marxismo se manifieste en rupturas abiertas de su unidad.

Pero, gracias a su ligazón esencial con la clase obrera y con el movimiento de emancipación de los pueblos, a su concepción dialéctica del materialismo, el marxismo ha ido superando las visiones miopes, deterministas o voluntaristas, dogmáticas o empiristas, derechistas o izquierdistas que constantemente lo acechan. Ha trazado en cada circunstancia histórica una frontera tajante con las posiciones más dañinas para el progreso del socialismo nacidas de sus mismas entrañas, y ha enriquecido su patrimonio en cada una de estas rupturas.

Ante cualquier partido o pensador que proclame su adhesión al marxismo, siempre se debe preguntar a quién sirve hoy en concreto.
Nota.-Ponencia para la IV Conferencia Internacional La Obra de Carlos Marx y los desafíos del Siglo XXI. La Habana, del 5 al 8 de mayo de 2008)

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dijous 13 de març de 2008


El rol de la socialdemocracia.

La ampliación de los servicios públicos (seguridad social, escuela, sanidad,...) y el estímulo del consumo fueron la clave de la política de conciliación de clase entre burguesía y trabajadores, en condiciones de dominación de la primera, aplicada por la socialdemocracia y compartida en cierto grado por los conservadores europeos, durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero la política de Estado benefactor desembocó en fuertes desequilibrios económicos y déficit fiscal, que acompañaron la crisis europea de mediados de los 70. Para salir de la crisis, había que contener la inflación y el consumo, favorecer las inversiones productivas y la renovación técnica, etc., y esto se podía hacer de dos maneras: con cambios en el sistema de la gran propiedad e introduciendo elementos de planificación del mercado, o bien, sin tocar este sistema, con lo que el mercado, espontáneamente, provoca una mayor desigualdad social. Para un cambio en el sistema de gran propiedad se precisa de una fuerza política de las clases trabajadores que no existió. De ahí que se haya impuesto la segunda solución, tanto si gobernaban los conservadores como los socialistas. Con ello se ve que la socialdemocracia fue impotente para dar una salida a la crisis distinta de la propiciada por los conservadores.

Al desdibujar su política, la socialdemocracia ha tenido que revisar una serie de concepciones, pero esto no comporta necesariamente su desaparición como corriente diferenciada, pues la conciliación de clases existirá siempre que se den unas ciertas condiciones políticas y económicas. Incluso, los socialistas, a falta de ofrecer concesiones sociales, pueden desempeñar otras funciones que los diferencian de los conservadores. Este fue el caso del PSOE, consolidando la democracia y practicando la conciliación política de clases desde 1982, lo que no podían hacer los conservadores.

Al lograse la estabilidad política, el PSOE perdió atractivo para una parte creciente de sus votantes, tal como confirmaron las elecciones posteriores. Pero pudo conservar su fuerte ventaja respecto a la izquierda marxista o de otro signo. La organización socialista respondió en todos los territorios, y hubo escasas fisuras.

En la última legislatura, después de recuperar de nuevo el Gobierno, el PSOE se ha dedicado a aprovechar el margen de maniobra que han dado la reactivación económica y la buena marcha de las finanzas estatales, para 1)mejorar la eficacia del Estado como proveedor de infraestructuras y grandes servicios (enseñanza, sanidad, etc.), 2) incrementar el empleo que se ha ido transformando de estable en rotativo, y 3) apretar algo menos el dogal sobre las clases trabajadoras, mientras los beneficios empresariales se incrementaban desorbitadamente.

Como que las cosas están un poco verdes en la “lucha contra la explotación económica”, el PSOE ahora da un especial realce a la “lucha contra otras formas de explotación”. En concreto, hace gestos como el de promover a más mujeres para cargos de responsabilidad. En el terreno político, ha introducido la idea de avanzar hacia un Estado unitario con algunos rasgos federales. Pero está por ver si esa novedad va a concretarse en medidas prácticas como un aumento significativo en el porcentaje de fondos públicos destinados a las autonomías y los municipios.
Ante tales propuestas de la "Socialdemocracia del Siglo XXI" no hay razón por ahora para que los banqueros se inquieten. En cuanto a la conducta de los “pobres”, una parte importante dependerá de si se abre o no la brecha con el movimiento sindical.
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divendres 8 de febrer de 2008


El carácter de clase del marxismo


La mayoría de los libros en los que se acostumbra a aprender el marxismo, o al menos aquella parte del marxismo más vinculada directamente a la lucha política, suelen ser el fruto de victorias del movimiento revolucionarios en tal o cual país, y contienen, por lo tanto, reflexiones muy ligadas a esas experiencias. Este tipo de aprendizaje es realmente útil porque permite ver los problemas que plantea la aplicación de la teoría a una situación determinada. Pero no siempre se sabe enfocar adecuadamente su estudio; se tiende a menudo a subrayar las conclusiones generales de los libros sin prestar atención al porqué se llega a tales conclusiones, a cuáles son las consecuencias concretas que justifican lo que allí se afirma. Y ocurre entonces que se está a un paso de entender y manejar el marxismo como si fuese un simple recetarios de principios. Un caso usual de este estudio erróneo lo tenemos en los intentos de definir de una vez por todas unos cuantos principios que, en cualquier situación resumirían la esencia del marxismo.

El marxismo, aunque nos importe en primer lugar por sus consecuencias políticas, no deja de ser un sistema científico complejo, que comprende cuatro grandes ramas, intimamente relacionadas, referentes a la historia, el conocimiento, la economía y la política. Este cuerpo teórico es el que da fundamento científico a una visión del mundo y a unos principios operativos, o sea, a aquellas normas o exigencias más generales e importantes que los marxistas tomamos como guía práctica en la labor ideológica, política u organizativa. A este respecto, no hay un principio o unos principios que sean el corazón absoluto del marxismo. Si una organización política no tiene un dominio global del marxismo y de su método y prescinde de algunos principios operativos o no sabe manejarlos bien, será toda su actuación la que se verá afectada, se cometerán equivocaciones de mayor o menor peso, y habrá aspectos de su política e ideología que quedarán a merced de las ideas e intereses de clases sociales ajenas al proletariado.

Ademas, el marxismo se enriquece con la práctica. Si bien el cuerpo teórico del marxismo e incluso algunos de sus principios operativos fueron definidos en sus grandes rasgos por Marx y Engels, el despliegue del movimiento obrero a lo largo de más de un siglo y en todo el mundo ha enriquecido ese cuerpo teórico y esos principios, como consecuencia, algunas veces, de los cambios en la realidad (por ejemplo, del paso del primer capitalismo al monopolista-imperialista) y, otras veces, de un mejor dominio de esa realidad.

A pesar de que sea inútil buscar un orden jerárquico entre las distintas teorías del pensamiento marxista o entre sus principios operativos, sí se puede encontrar un rasgo peculiar, esencial, del marxismo: su vinculación con el proletariado.

De esta manera, el marxismo se ha convertido en la primera teoría social capaz de explicar cientificamente su ligamen con una clase ya que se enriquece con el progreso político del proletariado. Este ligamen es tan sólido, que los trabajadores dependen totalmente de él para tomar el poder y liberarse de la explotación capitalista. Por esta razón, las clases explotadoras no puedan hacer más que combatirlo o desvirtuarlo.
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dijous 3 de gener de 2008


LA EXPERIENCIA COMUNISTA. Algunas lecciones de la historia del P.C.E.

Con la formación del Partido comunista en los años 20, los trabajadores españoles dieron un gran paso hacia su independen­cia política respecto a las restantes clases sociales. Así, por primera vez en sus 100 años de existencia, la clase obrera contó con una organización que le enseñó el ca­mino para conquistar el poder, para con­vertirse en fuerza dirigente en la lucha por la independencia frente a las sucesivas po­tencias imperialistas que han intervenido en España, las libertades democráticas y la República, los derechos de las nacionalida­des y la reforma agraria.

La labor del Partido comunista de Espa­ña, desde los años 20 hasta los 60, debe ser para los trabajadores y marxistas de hoy una fuente básica de enseñanzas. De­be serlo por tratarse del primer partido que aplica en España la teoría marxista de manera integral, que traza una línea polí­tica acorde con los intereses históricos del proletariado.Por tratarse de un partido le­ninista, es decir que desarrolla el marxis­mo en la época del imperialismo —que es también la nuestra—, guiándose por las lecciones de valor universal de la Revolu­ción rusa de 1917 y adoptando el tipo de organización más avanzado con que cuen­ta la clase obrera. Por haber dirigido el pueblo en las batallas políticas y militares más importantes de nuestra historia re­ciente y haber sintetizado la experiencia práctica de millones de trabajadores.

Los marxistas de hoy en día debemos al viejo PCE de José Díaz el aprendizaje de nuestros principios ideológicos, de las bases de nuestra línea general, de las reglas esenciales del trabajo político legal e ilegal, fruto de numerosas experiencias en los terrenos de la acción internacionalista, democrática y parlamentaria, militar, cul­tural, ideológica y económica. Y también le debemos el prestigio de que goza la pa­labra "comunista" entre un amplio sector de la población como equivalente a diri­gente y organizador abnegado del pueblo.

FORMAR UN PARTIDO MARXISTA-LENINISTA

El PCE, nacido en 1920-21, es fruto del brusco viraje en la historia que representó el ascenso imparable del imperialismo co­mo sistema mundial de opresión y explo­tación y que desembocó en la Primera guerra mundial. Los partidos socialistas, agrupados en la II Internacional, no sólo no hicieron nada para oponerse a la guerra sino que, en cada país europeo, apoyaron los planes de guerra de su propia burgue­sía. La orientación pro imperialista de los dirigentes socialistas arruinó el prestigio de la II Internacional entre los trabajado­res más conscientes. Hubo, sin embargo, algunas excepciones; en primer lugar, el partido de Lenin, que convirtió la derrota de los imperialistas rusos en la guerra y la revolución democrática que ésta generó, en la primera revolución socialista victo­riosa de la historia.

Previendo una extensión del movimien­to revolucionario al resto de Europa, Le­nin llamó a organizar una nueva interna­cional con todas las fuerzas opuestas a la traición de los socialistas. En 1919 tenía lugar en Moscú el primer congreso de esta tercera plataforma proletaria internacio­nal, a la que se adherirían las corrientes re­volucionarias de los partidos socialistas junto con otras fuerzas de distinto origen. Ante el hundimiento de la II Internacional, que tardaría un cierto tiempo en ser re­construida, y las posiciones oportunistas de numerosos dirigentes socialistas que, empujados por las bases, se sumaron de palabra a la III Internacional para ganar tiempo y mantener su influencia, ésta úl­tima puso unas exigencias de admisión es­pecialmente duras. Esto dio lugar a la escisión en cadena de los partidos socialistas y a la formación, en la mayoría de casos, de grupos comunistas reducidos, pero indis­pensables para actuar en un momento en que se sucedían movimientos revoluciona­rios de masas en gran parte de Europa.

La teoría del imperialismo de Lenin, la necesidad de un Estado de dictadura del proletariado para construir el socialismo, de la violencia revolucionaria de masas pa­ra tomar el poder, y de la defensa de la Unión Soviética ante la agresión militar y el bloqueo económico a que fue sometida, señalaron la línea divisoria entre comunis­tas y socialistas.

Tales fueron las condiciones internacio­nales en que tuvo lugar la fundación del PCE.

Pero, ¿qué ocurría mientras tanto en Es­paña, donde las dos organizaciones con más incidencia en la clase obrera eran el Partido socialista obrero (PSOE) y la Con­federación nacional del trabajo (CNT)? El atraso del capitalismo español en relación a países como Francia, Gran Bretaña o Alemania se manifestaba también en la existencia de una clase obrera reducida en número, de la que una componente funda­mental eran los jornaleros, y muy influida por ideas pequeño-burguesas, ya sea de ti­po revolucionario libertario, ya sea de tipo reformista. La CNT y el PSOE encarnaban estas dos corrientes.

A pesar de los considerables beneficios que España sacó manteniéndose neutral ante la guerra, su estabilidad era muy pre­caria. A las miserables condiciones de vida de jornaleros, campesinos y obreros industriales, hay que añadir el descontento de la burguesía catalana y el malestar dentro del ejército, que se incrementaron notablemente con el fin del conflicto eu­ropeo y de los grandes negocios, y con los constantes desastres en la guerra colonial contra Marruecos. En estas condiciones, la huelga general de agosto de 1917 generó una gran simpatía de masas con la primera revolución rusa que destronó al zar e impuso la República, y dio cuerpo dentro del PSOE a una corriente antirreformista. Esta se decantó rápidamente hacia las posiciones de los bolchevicues a raíz de la se­gunda revolución rusa en noviembre del mismo año. Sin embargo, lo que hizo esta­llar definitivamente las contradicciones en el seno del PSOE fue la fundación de la III Internacional en marzo de 1919. En los dos años siguientes, la lucha de líneas cuarteó el PSOE. En abril de 1920 se pro­duce una primera escisión: el Comité na­cional de las Juventudes socialistas decide constituir el Partido comunista español. Entre sus fundadores están Ramón Merino Gracia, que es nombrado secretario nacio­nal, Juan Andrade, Vicente Arroyo, Ra­fael Milla,... En junio, el congreso del PSOE decide adherirse provisionalmente a la III Internacional y envía a Moscú a dos delegados, Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano, con un mandato que choca con las estrictas condiciones de admisión acor­dadas por la Internacional. El ala vacilante del PSOE da marcha atrás, y en abril de 1921, en un nuevo congreso, se invierten los resultados del anterior: 8.808 votos para los que propugnan la reconstrucción de la II Internacional; 6.025 para los "ter­ceristas", partidarios de la Internacional comunista; y 205 abstenciones. Acto se­guido, Osear Pérez Solís lee una declara­ción de ruptura con el PSOE, y el mismo día, en Madrid, se reúnen los delegados "terceristas" para fundar el Partido comu­nista obrero español (PCOE). Esta segun­da escisión agrupa sobre todo a cuadros y militantes del PSOE y la UGT: García Quejido, Daniel Anguiano, Núñez de Are­nas, César Rodríguez González, Virginia González...

Durante unos meses se van a mantener estos dos grupos comunistas, PCE y PCOE, enfrentados entre sí. La participa­ción de ambos en una gran campaña de oposición a la guerra de Marruecos en el verano de 1921, en la que lograron hacer cuajar una huelga general en Vizcaya con­tra el envío de tropas, y el trabajo de persuasión realizado por el delegado de la In­ternacional, Graziadei, hicieron posible la fusión. En noviembre de 1921 se forma un Comité provisional con nueve miem­bros del PCE y seis del PCOE, se elige a Rafael Milla corno secretario general, y se adopta el nombre de Partido comunista de España.

Paralelamente a estos hechos, se desarro­llaban las tendencias comunistas en varias federaciones de la CNT. Incluso, como ocurrió con el PSOE, esta central llegó a estar adherida a la III Internacional du­rante un período. Al volver a quedar en minoría las posiciones marxistas dentro de la CNT, se fueron desgajando de ella va­rios núcleos comunistas que ingresaron en el PCE unificado: en 1924, el grupo de la revista La Batalla formó la Federación co­munista catalano-balear, es decir la sec­ción catalano-balear del PCE;en 1927, en­traron un grupo de destacados cuadros de la CNT sevillana: José Díaz, Manuel Ada­me, Antonio Mije,...

En aquella situación (1), la separación de los comunis­tas respecto a los revisionistas y reformis­tas fue imprescindible para garantizar la independencia del movimiento obrero mundial frente a las burguesías imperialis­tas. Sin esta tajante división, encarnada en la formación de la III Internacional y en sus estrictas condiciones de admisión, el movimiento obrero hubiera quedado du­rante años a merced de los corrompidos dirigentes de los partidos y sindicatos de la II Internacional que fueron los causan­tes del desastre de 1914. Ahora bien, la es­cisión con los socialistas se hizo en unas condiciones marcadas, por un lado, por el desarrollo de corrientes revolucionarias de masas en toda Europa, de revoluciones de­mocráticas en varios países centroeuropeos y, por otro, por la necesidad de ce­rrar filas alrededor de una Unión soviética débil, en peligro por la intervención mili­tar de 14 países y la subsistencia de los restos del ejército blanco zarista. Pero, a partir de 1922 o 1923 hubo un importan­te reflujo de la corriente revolucionaria ge­nerada por la guerra y la inestabilidad po­lítica y social posterior, mientras la bur­guesía financiera y monopolista acrecentaba su poder político y económico en agu­da competencia con las restantes fraccio­nes burguesas. Entonces, al variar la situa­ción internacional, el movimiento comu­nista europeo atravesó algunas dificultades que pusieron en evidencia sus limitacio­nes, derivadas de la premura con que se formaron los primeros partidos comunis­tas y de su inexperiencia.

En España en 1923, esta contraofensiva del capital financiero se hizo en alianza con la oligarquía terrateniente, incluyen­do al ejército y la Corona, y con la neutralización de la burguesía industrial, especialmente la catalana, que apoyó el golpe de Estado del general Primo de Rivera. El PSOE, recuperado de sus escisiones de 1920 y 1921 y rehechos sus lazos interna­cionales, pasó a colaborar con la Dictadu­ra y se convirtió en un pilar de ésta gracias a su control de amplias capas obreras en Asturias, Euskadi, Madrid, etc. Mientras, el PCE, duramente reprimido, con sus mi­litantes obreros expulsados de la UGT, con su grupo dirigente desmantelado va­rias veces por la policía a lo largo de los años 20, perdió rápidamente influencia de masas y militantes, y fue incapaz de supe­rar las posiciones izquierdistas predomi­nantes en su nacimiento y que dificulta­ron la unidad del partido y su relación tanto con los trabajadores de la UGT y de la base del PSOE como con los sindicalis­tas revolucionarios de la CNT.

Además de su debilidad política y teórica y de sus errores, los sucesivos grupos dirigentes del PCE quedaron a menudo cor­tados organizativamente de la base por la represión y su desconocimiento de las reglas del trabajo clandestino. Se ignoraba la situación real de las distintas zonas en que operaba el Partido; esto explica que pudie­ran suceder hechos como el siguiente: al­rededor de 1929, la sección catalana recibió la directriz de organizar ¡comités de cortijo! Así, la inestabilidad y el aislamiento de la dirección durante esta época impidieron un funcionamiento real del Partido; las iniciativas que lanzó contra la Dictadura llegaron difícilmente a traducir­se en acciones de masas de una cierta entidad.

CONSTRUIR UNA LINEA POLÍTICA: 14 AÑOS PARA SUPERAR EL IZQUIERDISMO

La crisis de la Dictadura que acabó con la dimisión de Primo y su recambio por el inestable gobierno del general Berenguer, debilitó la oligarquía financiera y te­rrateniente y agrietó sus instrumentos de poder. Con ello, se abría el camino a la conquista de reivindicaciones democráticas y sociales profundamente sentidas por el pueblo: amplias libertades, autode­terminación para las nacionalidades opri­midas, separación de la Iglesia y el Estado, legalización de las organizaciones obreras, reforma agraria y de la enseñanza,... Quin­ce meses después, el 14 de abril de 1931, son suficientes unas elecciones municipa­les ganadas por republicanos, socialistas y nacionalistas, para hundir una monarquía que ya había perdido la confianza del mismo capital financiero, y proclamar la II República. Sin embargo, fueron la media­na y la pequeña burguesía las que dirigie­ron este cambio de régimen, aprovechan­do el malestar y las movilizaciones de obreros, campesinos y estudiantes, alián­dose con el PSOE (Pacto de San Sebas­tián), y logrando un cierto apoyo de la CNT.

El PCE no pudo sacar provecho de una situación tan favorable ya que se guiaba por una línea izquierdista y sectaria. Re­conocía la existencia de una etapa demo­crática en la revolución española y, en es­to, analizaba bien lo que estaba ocurrien­do ante sus ojos con la caída de la monarquía, pero, en cambio, se apartaba to­talmente de la realidad al valorar que era posible transformar de inmediato esta re­volución democrática en socialista, la re­pública en república soviética, y las movilizaciones populares con objetivos demo­cráticos en punto de partida para organi­zar soviets, o sea consejos de obreros y campesinos para hacerse con el poder. ¡Muera la República burguesa, viva los so­viets! fue la consigna que sintetizaba la ac­titud del PCE alrededor del 14 de abril.

Su desviación aventurera, además de sobrevalorar la fuerza de los trabajadores, se inspiraba en una visión de la gran crisis económica de 1929 como principio del fin del capitalismo mundial. Esto representa­ba un error teórico de bulto, ya que la bancarrota económica no podía de por sí determinar la revolución si no iba acompa­ñada de ciertas condiciones políticas o in­cluso militares. En el caso de España, esta­ba claro que estas condiciones no se da­ban: la clase obrera permanecía dividida y muy desorganizada, la oligarquía perdía posiciones pero no estaba en descomposi­ción, y el ejército, a pesar de algunos bro­tes de rebelión, no estaba al borde del es­tallido.

Por otro lado, el PCE se negó a suscribir cualquier acuerdo con el resto de fuerzas políticas en los meses que precedieron la caída de la monarquía. Este sectarismo desaforado era la interpretación que el PCE daba a la necesaria independencia po­lítica del proletariado en la revolución de­mocrática. En particular, se opuso a buscar la unidad de acción con los socialis­tas no sólo por arriba, con la dirección del PSOE, sino también por la base, ya que es­te partido pasaba a ser considerado el ene­migo principal para el triunfo de la revolu­ción.

El PCE hablaba de constituir un frente único proletario, es decir de unir a la clase obrera alrededor de los comunistas, pres­cindiendo del hecho que la mayoría de los trabajadores políticamente conscientes es­taban en el PSOE o la UGT. Se considera­ba que la misma agravación de la crisis po­lítica y económica rompería la influencia reformista y que las masas se moverían hacia posiciones revolucionarias a golpe de consigna.

Esta línea, aprobada en el 3er. Congreso de agosto de 1929 en Paris y revalida­da en la Conferencia, llamada de Pamplo­na, de marzo de 1930, tuvo unas conse­cuencias nefastas: no condujo al aislamiento del PSOE sino al del propio PCE, que en 1931 contaba apenas con un millar de militantes, e impidió que el proletaria­do pudiera luchar realmente por la direc­ción del movimiento republicano.

La responsabilidad principal de este con­junto de errores izquierdistas y sectarios recaía sin duda en la dirección del PCE, pero su inspiración provino en buena par­te de las mismas directrices de la Interna­cional. En mayo de 1931, ésta censuró al PCE su actitud sectaria en la proclamación de la República, su incomprensión del problema de las nacionalidades y su con­fusa política sindical. Sin embargo, desde mayo de 1927, el Comité ejecutivo de la Internacional (VIII Pleno) empezó a seguir una orientación izquierdista que ten­dría repercusiones funestas para todo el Movimiento obrero y para la lucha contra fascismo. En el VI Congreso de julio de 28 y en los plenos posteriores del Comité ejecutivo hasta 1933, se acentuaría más esta política llamada de "clase contra clase". Sus elementos esenciales eran:

1) La tesis sobre el socialfascismo, por la que se consideraba la socialdemocracia co­mo el enemigo principal de la revolución, última trinchera del capitalismo en des­composición. El auge del fascismo, que te­nía lugar en varios países europeos, apare­cía como fruto de la labor de los socialis­tas o, incluso, se apuntaba que la misma socialdemocracia tendía a fascistizarse.

2) La definición del ala izquierda de la socialdemocracia como más peligrosa que el ala derecha.

3) La concepción del frente único limi­tado a la colaboración con los obreros socialistas, el rechazo de principio de toda propuesta dirigida a los partidos socialistas y, sólo en casos excepcionales, la admisibi­lidad de acuerdos con sus organizaciones de base.

El error decisivo de esta táctica estaba en señalar a la socialdemocracia como ene­migo principal y no a la fracción dirigente de la burguesía. A ese respecto, está claro que el PCE cometió la misma equivoca­ción que la Internacional, aunque llevandola hasta sus últimas consecuencias. Su­brayamos, no obstante, la mayor respon­sabilidad del PCE debido a que este parti­do tenía un conocimiento más directo de la realidad española y podía darse cuenta también del alcance de los errores cometi­dos. Por ejemplo, mientras, en países co­mo Alemania, se dio el caso de que un di­rigente socialista de la policía mandaba ametrallar a los trabajadores (1 de mayo de 1929 en Berlín), en España, el PSOE pasó de colaborar con la Dictadura a ac­tuar, junto con los republicanos, contra la monarquía.

Así, para el PCE, el paso de la Monar­quía a la República no significó apenas na­da: la adopción de un nuevo disfraz por la oligarquía y sus agentes.

Desde abril de 1931 hasta noviembre de 1933, el gobierno de la II República que­dó en manos de la alianza de republicanos burgueses y pequeño-burgueses y de socia­listas, con el apoyo de los nacionalistas ca­talanes. A su alrededor, tanto los altos je­fes militares y la jerarquía eclesiástica co­mo buena parte del personal dirigente de los organismos de la Administración civil seguían siendo los mismos que había bajo el reinado de Alfonso XIII. En estos dos años y medio, la coalición gubernamental fue incapaz de realizar las reformas demo­cráticas tan ansiadas. Catalunya obtuvo un Estatut recortado respecto al proyecto que había aprobado en plebiscito. Euskadi tuvo que esperar hasta la guerra. Galicia, rápidamente conquistada por los franquis­tas, refrendó el suyo un poco antes del Al­zamiento. La reforma agraria se quedó en una ley timorata, aplicada con cuentago­tas y con escasos medios. Marruecos siguió siendo una colonia. Hubo algunos cambios en el ejército, pero no los suficientes para aislar a los jefes antirrepublicanos,...

El PCE persistió en lo fundamental en la línea de su 3er. Congreso. En 1932 creó su propia central sindical, la Confedera­ción general del trabajo unitaria (CGTU), que agruparía a unos 150.000 traba­jadores frente a más de un millón de la UGT y otro tanto de la CNT. En las elec­ciones de noviembre de 1933, que dieron la victoria a los partidos de la oligarquía encabezados por la Confederación española de derechas autónomas (CEDA) de Gil Robles, el PCE mantuvo su programa de lucha por el gobierno obrero y campesino y por los soviets, así como el frente único revolucionario contra el gobierne republicano y los socialistas. Las candidaturas comunistas obtuvieron unos 340.000 votos frente al 1.700.000 del PSOE. Por estas fechas, el número de mili­tantes alcanzaba la cifra de 20.000 (la mi­tad en Andalucía) (2).El aumento de vo­tos y militantes en relación a 1931 se de­bió a la exasperación creciente de los tra­bajadores ante el deterioro de su situación económica y al inicio de un trabajo de implantación en el campo y las fábricas, realizado por primera vez en un marco de­mocrático. Estas fueron las únicas ventajas que el PCE pudo sacar de los primeros años del cambio de régimen. Mientras, se había celebrado su Cuarto Congreso, en 1932, El grupo dirigente (Bullejos, Ada­me, Trilla, Vega) fue destituido y, más tar­de, expulsado del Partido. A fines del mis­mo año, se nombró en su lugar a valiosos cuadros obreros —José Díaz, Antonio Mi­je, Dolores Ibarruri- sin experiencia en el trabajo de dirección política central. El re­cambio se hizo a instancias de la Interna­cional, pero sin una crítica a fondo de los errores cometidos por el grupo Bullejos, con lo cual la nueva dirección tardó un par de años más en sentar las bases para una completa rectificación de la línea.

Así, pues, el PCE necesitó 14 o 15 años, desde su fundación en 1920, para alcanzar su madurez política, o sea para empezar a dominar la teoría marxista en su aplica­ción a la realidad española. La culmina­ción de este largo aprendizaje significó también el lograr la estabilidad de su gru­po dirigente a partir del relevo de 1932, con José Díaz como secretario general.

LA BANDERA DE LA UNIDAD

El triunfo de las fuerzas oligárquicas en las elecciones de 1933 puso fin a las tími­das reformas con que nació la República. Durante los dos años siguientes, el llama­do Bienio negro, la contrarrevolución se organizaría desde el mismo gobierno. Pe­ro éste no fue el único hecho alarmante que tuvo lugar en 1933. La victoria de la reacción en España fue precedida por el asalto al poder del Partido nacionalsocia­lista alemán de Hitler. En este caso, un re­lativo triunfo electoral desencadenó una rápida liquidación de las instituciones democráticas y el inicio de una oleada de te­rror que aplastó en poco tiempo la resis­tencia desorganizada del pueblo alemán.

El avance del fascismo parecía ya incon­tenible: en 1934, más de la mitad de los Estados europeos habían caído en manos de dictaduras fascistas o militares.

La subida al poder de Hitler puso trági­camente en evidencia los errores izquier­distas en que había incurrido la Interna­cional desde su VI Congreso de 1928, y espoleó todos los partidos comunistas ha­cia un cambio radical de táctica que se produjo entre finales de 1933 y el verano de 1935 (VII Congreso de la Internacio­nal).

Gracias a esta rectificación acele­rada, la Internacional Comunista fue la única fuerza en el mundo que supo dar una visión precisa de lo que significaba el auge fascista y proponer los medios para atajarlo. En primer lugar, indicó la natura­leza de clase del fascismo: "la dictadura abierta de los elementos más reacciona­rios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero" (XIII Pleno del Cté. ejecutivo, diciembre de 1933), y ex­plicó su" origen en la crisis política y económica iniciada en 1929, cuyo estalli­do fue capaz de prever:

"En fin, el tercer período es, en el fondo, el de elevación de la economía capita­lista y, casi paralelamente, la de la URSS más allá de sus niveles de antes de la gue­rra (iniciación del llamado período de "re­construcción", nuevo crecimiento de las formas socialistas de la economía sobre la base de una técnica nueva). Para el mundo capitalista, este período es el de un rápido desenvolvimiento de la técnica, un intenso crecimiento de los cartels, de los trusts, de las tendencias al capitalismo de estado y, conjuntamente, el de un poderoso desenvolvimiento de las contradicciones de la economía mundial, moviéndose en formas determinadas en todo el curso anterior de la crisis del capitalismo (mercados reduci­dos, existencia de la Unión Soviética, mo­vimientos coloniales, agudización de las contradicciones internas del imperialis­mo). Este tercer período, que ha agravado particularmente la contradicción existente entre el crecimiento de las fuerzas produc­tivas y la reducción de los mercados, hace inevitable una nueva fase de guerras entre los estados imperialistas, de guerras de es­tos últimos contra la URSS, de guerras de liberación nacional contra los imperialistas y sus intervenciones, de gigantescas bata­llas de clase". ("Tesis sobre la situación y las tareas de la Internacional Comunista", introducción. Resoluciones del VI Congre­so de la IC, julio-setiembre de 1928).

"La marca característica del fascismo es que en el momento del quebrantamiento del régimen económico capitalista y en ra­zón de circunstancias objetivas y subjeti­vas, la burguesía se aprovecha del descon­tento de la pequeña y de la media burgue­sía urbana y rural y aun de ciertas capas del proletariado, para crear un movimien­to de masas reaccionario con el fin de detener en su camino el desarrollo de la revolución", (ídem., punto 24).

En segundo lugar, la Internacional en­tendió que la victoria del fascismo en Ale­mania era el principio de una nueva lucha por la hegemonía mundial entre los agresi­vos imperialistas nazis y las democracias burguesas occidentales, que acabaría por desembocar en una guerra.

En tercer lugar, ante este previsible desa­rrollo de los hechos, señaló el interés coin­cidente del proletariado y los pueblos y de las burguesías occidentales en prevenir la guerra y oponerse a la expansión nazi-fas­cista. Para ello, había que levantar un po­deroso movimiento por la paz cuyas pie­zas maestras serían, por un lado, los trata­dos defensivos entre las potencias occiden­tales y la Unión soviética, y por otro, la formación en cada país de frentes popula­res antifascistas, impulsados por la unidad de los partidos, sindicatos y otras organi­zaciones implantadas en la clase obrera, es decir el frente único proletario.

En España, a lo largo de 1934, los go­biernos formados por el Partido Radical de Lerroux, apoyados desde el Parlamento por los reaccionarios de la CEDA (Gil Ro­bles), atacaron las condiciones de vida de las clases trabajadoras y los derechos de­mocráticos de todo el pueblo. Fue impo­niéndose entonces, para resistir a la ofen­siva derechista, una corriente unitaria que abarcaba desde los anarcosindicalistas de la CNT hasta el PSOE y la UGT, los nacio­nalistas catalanes, y varias sectores repu­blicanos. Destaca especialmente el papel jugado en ella por el PSOE, con su brusco viraje político y el paso de su dirección a manos del ala revolucionaria que desbancó a los Prieto, Besteiro, etc. Francisco Largo Caballero, antiguo dirigente reformista de la UGT y ex miembro del Consejo de Es­tado bajo la Dictadura, encabezó la nueva orientación, impregnada tanto de sincero espíritu revolucionario como de descono­cimiento de los principios de la política marxista.

El PCE permaneció ajeno durante meses a este movimiento unitario que cuajó en las Alianzas obreras, al oponerse a todo acuerdo con los "socialfascistas", mientras el Bloque obrero y campesino (BOC) (2), escisión que en 1930 afectó al Partido en Catalunya, trabajaba, en cambio, activa­mente por su creación. El 4 de octubre del 34, al concretarse la entrada de tres miem­bros de la CEDA en el gobierno, el PSOE, los anarcosindicalistas y varios sectores re­publicanos y catalanistas se aprestaron alanzar inmediatamente, para el día 6 del mismo mes, un movimiento insurreccional con el fin de abatir el nuevo gobierno y parar los pies a la reacción. El PCE, que había superado su actitud sectaria, se inte­gró finalmente en la Alianza obrera que, de esta forma, en Asturias, agrupó a todos los sectores proletarios en un frente único e hizo posible la victoria de la huelga gene­ral contra el gobierno y su transforma­ción en levantamiento armado. El rápido aplastamiento de la insurrección de la Generalitat catalana, a la que no se sumó la CNT, y la debilidad de la Alianza obrera en el resto del Estado, dejaron a Asturias aislada, durante dos semanas, haciendo frente a la Legión.

La derrota sangrienta de los trabajadores asturianos no hizo más que dar nuevo em­puje al espíritu unitario. Por un lado, el pueblo aprendió a conocer mejor a su ene­migo y amplísimos sectores se dieron cuenta del peligro que les amenazaba. Por otro, era vital sumar fuerzas para lograr la liberación de las decenas de miles de pre­sos con que se saldó el levantamiento, y recuperar los derechos constitucionales y las instituciones autónomas catalanas su­primidos. Estas distintas motivaciones alla­naron el terreno para el entendimiento en­tre republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas. Sobre esta base nació el Frente popular.

En abril del 35, el PCE lanzó una propuesta de Bloque popular antifascista para hacer frente a la represión, luchar por la paz, y prevenir el golpe militar. De los cuatro puntos iniciales defendidos por el PCE (reforma agraria inmediata y sin in­demnización, autodeterminación para las nacionalidades, mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores, amnistía para los presos políticos y sociales), tan sólo el último fue finalmente aceptado por los partidos republicanos. Por su parte, el PSOE, con posiciones claramente izquier­distas, opuso resistencia a colaborar de nuevo con los republicanos.

La conciencia creciente del peligro nazi, el aplastamiento por el ejército de las mili­cias socialistas austríacas en febrero del 34, los pactos de unidad de acción, firmados en julio y agosto del 34 por los socialistas y comunistas franceses e italianos, el tratado franco-soviético de mayo del 35, y el llamamiento del VII Congreso de la Internacional Comunista a la formación de entes populares fueron otros tantos estímulos exteriores que facilitaron la concluisión en enero del 36 del acuerdo electoral de Frente popular en España. Participaron en él las fuerzas burguesas y pequeño-burguesas de Unión Republicana e Izquierda Republicana, el Partido Sindicalista, el Partido Obrero de Unificación Marxista (trotskista disidente) (3), la UGT, el PSOE y sus juventudes, y el PCE.

En Catalunya, se extendió a Esquerra Repuiblicana, Acció Catalana, Unió de ibassaires (sindicato campesino), etc. La CNT, aunque no estuvo presente en las listas electorales, apoyó sin reservas el Frente. Merece también citarse el caso del Partido nacionalista vasco (PNV) que, sin subiarse a la coalición de Frente popular, mantuvo su lealtad a la República y participó posteriormente en el gobierno de Madrid durante la guerra.

El 16 de febrero, la victoria de las candi­daturas de Frente popular puso fin al go­bierno Pórtela. El republicano Manuel Azaña formó nuevo gobierno; 30.000 pre­sos salieron a la calle; se restablecieron los derechos constitucionales; Catalunya recu­peró sus instituciones. La burguesía financiera, los terratenientes y el alto personal del ejército y la Iglesia no estaban dispues­tos a perder más influencia y poder. El fracaso de la contrarrevolución parlamen­taria, intentada durante el Bienio negro, hizo inevitable la guerra al serle favorable a la oligarquía la situación internacional. De febrero a julio las principales fuerzas sociales se prepararon para un enfrentamiento armado. Los dirigentes reacciona­rios pusieron a punto su golpe de Estado en conexión con Hitler y Mussolini. Los partidos obreros y nacionalistas, y los sin­dicatos organizaron grupos paramilitares. Se desencadenaron oleadas de huelgas y manifestaciones por objetivos políticos y económicos, en particular contra el te­rrorismo fascista destinado a crear el cli­ma de opinión necesario para el golpe y facilitarle incluso su excusa.


CUATRO TAREAS DEL PCE EN 1936

El PCE se fijó cuatro objetivos que sólo se cumplieron en parte:
Reforzar el Frente popular y convertir­lo en un frente de lucha antifascista. Es decir superar el mínimo acuerdo electoral y hacerlo útil para desbaratar los prepara­tivos militares del enemigo. De febrero a julio, esto no pudo lograrse; ni las inter­venciones de los 16 diputados del PCE, ni las demandas populares exigiendo que se adoptaran medidas firmes para desarticu­lar la conspiración golpista, hicieron mella en un gobierno de liberales empeñados en mantenerse a igual distancia de los reac­cionarios que del proletariado. La imposi­bilidad de forzar al gobierno en la repre­sión de los golpistas fue debida, entre otras causas, a la división del movimiento obrero. Los anarcosindicalistas, una vez li­berados sus presos, pretendían seguir im­pulsando su revolución social. Para el POUM, estaba en puertas una revolución más profunda que la de Octubre del 17 en Rusia, y las tendencias golpistas manifes­taban la resistencia desesperada de la bur­guesía que podía ser aplastada, si antes el proletariado se hacía con todo el poder. El PSOE, apoyándose en su fuerza, espe­raba la caída del gobierno para coger en sus manos el poder.

Al predominar en las fuerzas obreras po­siciones políticas izquierdistas y aventure­ras, no se pudo llevar realmente una ac­ción masiva y eficaz de prevención de los manejos contrarrevolucionarios y de trans­formación del Frente popular en un sólido frente de lucha antifascista.

Extender y vivificar el Frente único del proletariado. A pesar del indudable acer­camiento por la base de las distintas fuer­zas obreras, de la estrecha colaboración es­tablecida en las luchas de octubre del 34, de la acción conjunta, luego, en los comi­tés para la liberación y la ayuda a los presos, el fortalecimiento del frente único proletario sólo podía avanzar con garan­tías si había unidad en cuanto al objetivo principal del momento: desmontar la con­trarrevolución en marcha. Las divergencias respecto a cómo entender la importancia de esta tarea no permitieron forjar entre febrero y julio del 36 una sólida unidad de clase.

Luchar por la unidad sindical íntegra. Se consiguen dar algunos pasos hacia la uni­dad sindical, pero por las mismas razones antes apuntadas no se logra ningún cam­bio importante en la tradicional división entre UGT y CNT. En noviembre de 1935, la CGTU, impulsada por los comu­nistas, fruto de sus anteriores concepcio­nes sobre los sindicatos rojos, se había in­tegrado en la UGT. En la CNT, se empie­zan a manifestar posiciones más abiertas que permitirán más tarde, en plena guerra, una aproximación con la UGT a través de un comité de enlace entre ambas centra­les.

Luchar por la unidad orgánica y política del proletariado. Después de los combates de octubre del 34 y de la rectificación de su línea izquierdista, el PCE estaba en condiciones de dar los primeros pasos hacia la unidad orgánica y política del prole­tariado, hacia la formación de un partido único marxista-leninista. La situación es­pañola de 1934 a 1936 fue quizá única en Europa en cuanto a favorecer el éxito de esta tarea: socialistas y comunistas luchan­do codo a codo, incluso con las armas, contra un gobierno reaccionario, la direc­ción del PSOE en manos de un sector re­volucionario obrerista, las aspiraciones unitarias entre amplias capas de trabajadores, el prestigio creciente de la Unión so­viética por sus grandes realizaciones en la edificación del socialismo y su política in­ternacional de paz, la voluntad unitaria expresada por la Internacional comunista desde su VII Congreso.

Las condiciones de unificación puestas por los comunistas eran las siguientes:
* independencia de los socialdemócratas respecto a la burguesía.
* unidad de acción.
*reconocimiento de la necesidad de de­rrocar la burguesía mediante la revolución y de la dictadura del proletariado.
*no apoyar a la propia burguesía en ca­so de guerra imperialista.
*seguir en lo organizativo el centralismo democrático.

Los resultados prácticos de esta labor unitaria se empezaron a manifestar en 1936: comité de enlace entre las juventudes socialistas y comunistas y acuerdo de fusión en las Juventudes socialistas unifidas (JSU) en abril de 1936 (S. Carrillo, seretario general, y F. Claudín, el prime-proveniente de los socialistas, y el se­gundo de los comunistas, son sus principales dirigentes); y creación del Partit Socialisa Unificat de Catalunya (PSUC) en julio 1936, al final de un proceso iniciado en 1935 en el que, al principio, participaron todas las organizaciones obreras catalanas, pero que poco después quedó reducido al Partit comunista de Catalunya (la sección talana del PCE), Partit cátala proletari (escisión de los independentistas de Estat catalá), Federación catalana del PSOE y Unió socialista de Catalunya (grupo socialdemócrata que había colaborado estrecha­nte con Esquerra Republicana). Joan Comorera, proveniente de la USC, es elesecretario general y permanecerá en cargo hasta 1949. El nuevo partido actuaría conjuntamen con el PCE, pero mantenía su independencia orgánica e, incluso, como primer caso que se daba de reconocimiento de un partido nacional no estatal, tuvo voz propia en la Internacional Comunista (1939).

La formación de las JSU podía presagiar próxima unidad entre PSOE y PCE. Esta no fue posible por las resistencias del ala reformista del PSOE (Prieto, Besteiro, :.), por las dificultades que ofrecía el infantilismo revolucionario de la corriente encabezada por Largo Caballero y por una insuficiente labor de lucha ideológica por parte del PCE; sin embargo, llegó a actuar durante la guerra un comité de enlace entre ambos partidos. El desarrollo negativo de la lucha militar facilitó el florecimiento de posiciones oportunistas de todo tipo que paralizaron definitivamente el proyec­to unitario. En el caso de Catalunya, en cambio, la relativa autonomía de la Fede­ración catalana del PSOE respecto a la di­rección estatal, y la necesidad imperiosa de contar con una fuerte organización marxista ante la influencia de los anarco­sindicalistas, permitieron superar con mayor facilidad las tendencias sectarias.

Por último, al mismo tiempo que traba­jaba por la unidad, el PCE se reforzó enor­memente durante el año 36. La consolida­ción ideológica y política operada desde 1934, con el apoyo de la Internacional, le permitió conocer mejor la realidad espa­ñola, desarrollar su línea política en todos los aspectos, homogeneizar su dirección inexperta elegida en 1932, y mejorar su estilo de trabajo. Los resultados organiza­tivos no se hicieron esperar: el Partido multiplicó por tres sus efectivos a lo largo de 1936, hasta alcanzar los cien mil en los primeros meses de la guerra. El PCE consi­guió una implantación militante que refle­jaba la composición del proletariado en España, con el enorme peso de los jornale­ros, y las tendencias revolucionarias de los campesinos pobres y los intelectuales.

En resumen, podemos decir que el esfuerzo ideológico, político y organizati­vo realizado por el PCE durante los dos úl­timos años antes de la guerra civil dio bue­nos resultados en cuanto a poner el proletariado en condiciones de dirigir la revolu­ción española. Para un partido que no logró romper hasta 1934 su revolucionarismo infantil, falto de experiencia, por tan­to, ante tareas de enorme envergadura, y que no representaba ni de lejos la fuerza más numerosa del proletariado, el balance de aquellos años puede considerarse posi­tivo.

UNA BATALLA PERDIDA

Aunque no es nuestro propósito tratar extensamente aquí sobre la labor del PCE ducante la guerra, vamos a dar algunas in­dicaciones al respecto, que son necesarias para entender mejor el alcance de la polí­tica de Frente popular así como sus resultados prácticos. Por lo demás, los textos y discursos de José Díaz reproducidos en "Tres años de lucha" proporcionan bastantes datos respec­to a la actitud del PCE frente al alzamien­to fascista.

Hasta 1939 el PCE siguió propugnando el Frente popular, no ya para prevenir el fascismo sino para derrotarlo militarmen­te. La primera tarea revolucionaria era aplastar a los sublevados y, a tal fin, había que subordinar todo lo demás, como el PCE valoró con justeza. El sistema de alianzas que el PCE se esforzó por cons­truir, comprendía básicamente a las clases y fuerzas que integraron el acuerdo electoral del Frente popular más todos aquellos que no se habían sumado al Alzamiento y que estaban contra la sumisión a Alemania e Italia, como era el caso de los nacionalis­tas burgueses vascos del PNV y de los de­mócratas-cristianos catalanes de UDC. En el exterior, la alianza se extendía a todos los gobiernos y partidos en el mundo que se opusieran al fascismo. La plataforma sobre la que se cimentaba tanto la unidad interior como las alianzas internacionales comprendía los siguientes aspectos:

*La defensa de la Repúplica democráti­ca y el respeto a los tratados internaciona­les suscritos antes de la guerra.
*La aplicación de todas las medidas eco­nómicas, sociales y políticas tendentes a facilitar el esfuerzo militar y a satisfacer las reivindicaciones más apremiantes del pueblo, en particular, la expropiación de las tierras, empresas y otros bienes de los que se hubiesen sumado a los fascistas y el control gubernamental sobre la industria.
*La puesta en pie de un ejército popular, dotado de un mando único, que aglutinase todas las unidades creadas por los partidos y sindicatos, así como las fuerzas militares y de seguridad fieles a la República.

Los objetivos que el PCE se fijó, su polí­tica de alianzas, así como el programa de­fendido, respondían a la realidad española e internacional. Ahora bien, el Frente po­pular, como toda amplia alianza con sec­tores burgueses y pequeño-burgueses, era al mismo tiempo que una plataforma unitaria, un terreno de confrontación entre distintos intereses, entre distintas maneras de enfocar el problema de la guerra y del fascismo. Muy a menudo, el PCE no con­taba con la fuerza suficiente para hacer prevalecer su punto de vista, tal como se vio con extrema claridad en la dirección concreta de la guerra, por lo general en manos de incompetentes cuando no, de elementos vacilantes. Por otra parte, se su­maron dificultades insalvables entre 1936 y 39 que debilitaron el Frente popular hasta arruinarlo por completo. Nos referi­mos, en primer lugar, a la traición de las democracias occidentales que, mediante vergonzosa política de no intervención, cortarón toda ayuda a la República, espe­rando así apaciguar el Eje fascista. Esta actitud demencial culminó en el famoso Pacto de Munich entre Hitler, Mussolini y los gobiernos francés y británico, en setiembre de 1938, que no sólo sentenció a muerte la República española, sino que dio vía libre a Hitler para desencadenar la guerra mundial. En segundo lugar, está la división del proletariado español. No hubo manera de ir mucho más allá de lo que se consiguió entre finales del 35 y julio del 36 al crear las JSU y el PSUC. No se pudo lograr al menos una estrecha unidad de ac­ción entre el PCE y el PSOE, ni tampoco arrancar las masas anarcosindicalistas de su infantilismo izquierdista. La debilidad política de la clase obrera, que soportó el peso principal de la guerra, acabó por de­jar vía libre a la desmoralización y a los entreguistas de derecha e "izquierda" que, a última hora, mediante el golpe de Esta­do de Casado y su Junta, hundieron la re­sistencia y precipitaron la victoria de los franquistas.

En este último caso, en relación a la uni­dad proletaria, tampoco puede decirse que el PCE realizara un buen trabajo, pero, además, cometió otros errores de distinto tipo. Entre ellos cabe destacar una peligro­sa actitud derechista consistente en desa­rrollar su actuación casi exclusivamente a través del Frente popular, en encadenar demasiado a menudo sus decisiones a lo que estaban o no dispuestos a aceptar los republicanos y los socialistas. Tomemos el ejemplo de la política internacional. El PCE respetó escrupulosamente los trata­dos firmados por los anteriores gobiernos republicanos y, en concreto, el que hacía referencia a Marruecos, al reparto de este país entre Francia y España. El PCE pro­pugnaba entonces la autonomía para el Protectorado marroquí, pero ¿realizó un serio esfuerzo para lograr que al menos és­ta se concretara? La no satisfacción de sus reivindicaciones empujó a los nacionalistas marroquíes a apoyar a Franco esperando con ello lograr lo que el gobierno republi­cano fue incapaz de darles.

Si bien hay que reconocer la existencia de serios errores derechistas en la táctica del PCE a lo largo de la guerra, carecen, en cambio, de fundamento las críticas que se le han dirigido desde posiciones izquierdis­tas. Según éstas, el PCE traicionó al prole­tariado e, incluso, hizo imposible la victo­ria militar al supeditarlo todo al esfuerzo de guerra. Los que actuaron en 1936 de acuerdo con este punto de vista y, por tanto, agudizaron al máximo la lucha de clases en la zona republicana, hicieron en realidad un flaco servicio a la "revolu­ción": desunieron el pueblo y empujaron hacia la colaboración activa o la simpatía con los franquistas a sectores de pobla­ción que no se habían adherido al Alza­miento o que permanecieron simplemente neutrales.

En resumen, la justeza de la política se­guida por el PCE, su influencia creciente entre la clase obrera y el pueblo, su desa­rrollo organizativo y sus grandes contribu­ciones al esfuerzo militar no bastaron para lograr que el Frente popular quedara en lo fundamental bajo dirección proletaria. Por el contrario, fueron la pequeña y la media burguesía quienes dirigieron de hecho la alianza desde sus posiciones en el aparato de Estado republicano. En estas condicio­nes, la ruptura del frente antifascista mun­dial, trabajosamente impulsado por la URSS y el movimiento comunista, aisló la República española e hizo estallar los pun­tos débiles del Frente popular. No obstan­te, si éste fue demasiado frágil para ganarla guerra, sí permitió una heroica lucha de tres años. Fue el único ejemplo que hu­bo en Europa, antes de la II Guerra mun­dial, de resistencia encarnizada a la barba­rie fascista.

Notas:
(1)En los primeros años del siglo XX, la corriente llamada revisionista sembró las ideas que llevaron a que gran parte de la II Internacional claudicara ante la burguesía imperialista durante la guerra de 1914-18. No obstante, el revisionismo coexistió con las corrientes revolucionarias dentro de la II Internacional y, en este sentido, podía ser tratada como una posición errónea en el campo proletario justo hasta 1914, en que pasó a ser ya un apéndice directo de los imperialistas, un ejecutor de la política de éstos entre los trabajadores. En 1935, en cambio, el VII Congreso de la III Internacional, viendo que la situación empujaba la socialdemocracia a dejar de ser un sostén directo de la burguesía más reaccionaria, propuso a la II Internacional la unidad de acción contra el fascismo y la amenaza de guerra e, incluso, planteó la posibilidad de avanzar en algunos países hacia un partido único de clase. En este caso, la III Internacional, sin ignorar sus divergencias con la socialdemocracia, intentó cooperar con ella porque el curso de los acontecimientos políticos obligaba a trazar otra línea divisoria principal: la que separaba a comunistas y un sector de los socialistas, por un lado, de todos aquellos que no eran capaces de combatir adecuadamente al fascismo. La experiencia del movimiento marxista internacional durante el siglo XX parece avalar, pues, esta conclusión: la aparición de divergencias de principio en su seno es totalmente inevitable, pero estas pueden ser superadas paulatinamente, siempre que una parte de las fuerzas marxistas no degeneren y se conviertan en auxiliares directos o indirectos de los enemigos de los trabajadores y los pueblos.
(2) Hay discrepancias respecto a estas cifras: según el PCE, F. Claudín y otros, las legislativas de 1933 dieron alrededor de 400.000 votos co­munistas; algunos, en cambio, hablan de 200.000. En las elecciones generales de junio del 31, el PCE dio un total de 190.000 votos, F.Claudín y varios historiadores lo reducen a 60.000.
También presenta dificultades determinar el número de militantes: a los 20.000 que da el Par­tido para 1933, se contraponen los 3.000 que ci­ta el historiador Hugh Thomas. Para 1934, la In­ternacional da la cifra de 20.000.
(3) La Federación catalano-balear, dirigida por Joaquín Maurín, se separó de hecho del Partido en 1929. En el III Congreso de agosto del 29 se manifestaron divergencias de línea; J. Maurín se negó más tarde a autocriticarse y fue expulsado. Con él se escindió la FCB. Maurín siguió apelan­do a la dirección de la Internacional, sin recono­cer la dirección del PCE. Finalmente, en julio del 31, la Internacional decidió ratificarla expulsión de Maurín por posiciones liberales y derechistas. Mientras, en marzo, la FCB se había fusionado con un grupo llamado Partit comunista cátala (J.Arquer) y se convirtió en Bloque Obrero y Cam­pesino. Este nuevo partido, con una orientación esencialmente pragmática y fuertes influencias bujarinistas, significó un intento de crear una ter­cera vía entre las Internacionales II y III.
En febrero del 35, participó en los intentos de sentar las bases de una unificación entre los dis­tintos partidos obreros en Catalunya, pero a lo largo de este año se inclinó por las posiciones trotskistas de Izquierda comunista de Andreu Nin, con la que formaría en setiembre el Partido obrero de unificación marxista (POUM). El POUM, aunque enfrentado con Trotsky por dis­tintas consideraciones tácticas como por ejemplo el rechazo absoluto de éste al Frente popular, de­sarrolló en España una línea izquierdista que po­demos calificar sin duda de trotskista. En 1937 protagonizó, junto a sectores de la FAI y la CNT, un levantamiento armado contra la Generalitat, motivo por el cual sus dirigentes son encarcelados y el partido es disuelto. A. Nin desapareció segu­ramente en manos de los servicios secretos sovié­ticos. En los años 40, una parte de lo que quedó del POUM forma un grupo socialista en Cata­lunya que hoy milita en las filas del PSC-PSOE.
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dissabte 1 de desembre de 2007


La unidad política de la clase obrera.



Mientras existan las clases y la lucha entre ellas, cada clase social precisa de un instrumento político e ideológico propio para defender sus intereses, sea cual sea la situación por la que atraviese la sociedad.

Siendo esa necesidad común a burgueses y proletarios, no se manifiesta de la misma manera para unos y otros. Así, en las sociedades como España, en la que la fuerza dominante es la burguesía monopolista, ésta última tiene un único objetivo fundamental: mantener su poder a todo precio, haciendo el mínimo posible de concesiones, según las circunstancias, a otras fuerzas sociales. Por otra parte, la burguesía monopolista sabe que una parte decisiva del personal de las instituciones del Estado le será fiel hasta el fin de su dominio o hasta que este se aproxime visiblemente, por origen de clase, por intereses económicos, por simple prejuicio ideológico, por miedo, o por todas esas razones a la vez. De ahí que el partido, para la burguesía monopolista, sea mucho más un instrumentó de influencia social, de hegemonía sobre otras capas de la población, que una organización de poder de clase.

Para el proletariado, en cambio, la situación es radicalmente distinta. No puede contar con ninguna institución central del Estado como instrumento propio de poder. E, incluso, si logra tener peso en los organismos representativos -parlamento y gobierno- gracias a victorias electorales, se le puede arrebatar esa influencia sin grandes dificultades, tal como se vio en Francia, Italia y otros países al finalizar la Segunda Guerra mundial. Además de esta indefensión esencial, el proletariado, para alcanzar su meta histórica, necesita disponer de un tipo de organización capaz no ya de mantener lo que tiene sino de desplazar del poder a los que hoy lo detentan. Vista esta falta de apoyos estatales sólidos y las restantes dificultades propias de un cambio social revolucionario, se entiende por qué la organización partidista es vital para el proletariado, infinitamente más que para la burguesía monopolista.

No se puede esperar a que el PSOE cambie.

Algunos afirman que, al no haber hoy una situación explosiva en España, la ampliación de la democracia, la defensa de las condiciones de vida de los trabajadores y otras tareas del momento no exigen contar con una política específicamente proletaria: "El PSOE puede garantizar buena parte de esas tareas y, en todo caso, están ahí los sindicatos para despertarlo si se duerme en sus laureles". Esta opinión no concuerda con la realidad. Si bien es cierto que el PSOE ha defendido distintas posiciones a lo largo de su historia, en estos momentos la política del gobierno socialista no responde a las demandas de nuestra clase, no favorece la unidad de los trabajadores, ni tampoco da un trato adecuado a otras fuerzas populares.El PSOE puede hacer, sin duda, más de lo que ha hecho, pero incluso limitándonos a su programa electoral, está ya más que claro que no es capaz de cumplir sus promesas de carácter progresista, si no se desarrolla una presión política, y no sólo sindical, que le obligue a ello. En concreto: Para que no retrocedan más las condiciones de vida de los trabajadores o para hacer progresar la independencia de España y la paz mundial, se necesita que un movimiento obrero, organizado y consciente de sus intereses, vuelva a levantar cabeza y sea un contrapeso adecuado frente a la rapacidad de la gran burguesía y a las injerencia extranjeras.

Para que progresen la organización y la unidad de acción de los trabajadores, es absolutamente imprescindible que los marxistas recuperen su anterior influencia.

Para ampliar la democracia, la clase obrera, la más numerosa y la más interesada en el desarrollo de las libertades, debe recuperar peso político.

Para mantener y desarrollar los derechos de las nacionalidades minoritarias es preciso una política distinta a la imperante en el gobierno.

Con el fin de no alargar más esta lista, pongamos un último ejemplo: hace 35 ó 40 años se dio un importante acercamiento entre la clase obrera y el sector más avanzado de los intelectuales, lo cual fue posible, entre otros factores, por la denodada actividad de las fuerzas proletarias. Como consecuencia, las ideas revolucionarias prosperaron en los movimientos culturales de la época. ¿Quién se atrevería a afirmar que, con la hegemonía de los socialistas, vuelven a prosperar las ideas revolucionarias?

Hay que luchar para cambiar esta situación, y hay que hacerlo tomando otro rumbo que el que sigue la actual dirección socialista.Estrechar filas en la acción política y sindical.
En primer lugar, es preciso dar respuesta a los problemas más acuciantes del pueblo, apoyándose en todo lo que hay de consciente, activo y organizado en nuestra clase, por más disperso y limitado que sea, para que ésta vuelva a adquirir confianza en sus propias fuerzas y esté en condiciones de recuperar paulatinamente la iniciativa. O sea, hay que propiciar la unidad de acción, por más momentánea que sea, con todos los partidos, colectivos y organizaciones de base obrera en cuestiones tanto políticas como sociales, tanto en las instituciones como en la calle. Esta colaboración entre fuerzas obreras puede llegar a incluir a menudo a partidos y movimientos representativos de otras clases en la lucha contra los reaccionarios, por la defensa y extensión de las libertades, contra las medidas gubernamentales que perjudiquen al pueblo, o por la paz mundial.Ahora bien, en estos momentos, la tendencia a la bipolarización de la vida política española y la actitud de "gran partido" del PSOE dificultan la formación de amplias alianzas y las reducen, de hecho, a los niveles de localidad o, a lo sumo, de nacionalidad y región. Oponerse al bipartidismo, procurar que no llegue a cuajar, es una tarea importante para las organizaciones proletarias y populares.En el ámbito estrictamente obrero, la clave de la unidad está ahora mismo en el fortalecimiento de los sindicatos, y aquí los mayores obstáculos provienen de las tendencias antiunitarias y discriminatorias promovidas esencialmente por el PSOE y, en menor medida, por el sectarismo puntual provocado por algunas actuaciones izquierdistas y por ciertas desviaciones derechistas. Hoy por hoy, el desarrollo de la unidad de acción del proletariado se tendrá que medir, sobre todo, por los avances en la cooperación y unidad sindicales.

Defender el marxismo.

En segundo lugar, se debe defender el marxismo. La clase obrera de las distintas nacionalidades de España tiene unos intereses fundamentales idénticos, pero, al mismo tiempo, está sujeta a influencias ideológicas y políticas muy variadas y su composición interna es mucho más compleja que hace unas décadas. Por lo tanto, si queremos avanzar hacia su unidad política, y ésta tiene que ser perdurable y no pasajera, solo contamos con el marxismo para realizar esa tarea, ya que éste es la única concepción del mundo que ha dado pruebas evidentes de reflejar los intereses históricos de nuestra clase y que, en particular, permitió resistir durante tres años al "alzamiento" franquista y reorganizar, luego, durante cuarenta años el movimiento obrero y democrático.Aquí tropezamos con varias dificultades. El marxismo ha sufrido un momentáneo retroceso en España. Por un lado, el PSOE redujo sus principios a casi nada, aunque muchos de sus militantes sigan identificados con la herencia de Marx. Por otro, los comunistas pierden en 1976 la dirección del cambio democrático; se cometen equivocaciones graves en una situación cada vez más adversa y, como consecuencia, nos encontramos hoy con unas fuerzas marxistas debilitadas y divididas y con un fuerte avance del individualismo burgués y de varias concepciones no proletarias.

Pero la defensa del marxismo no se refiere únicamente a la lucha contra las ideas descaradamente reaccionarias con que tratan de convencer a la gente de que el capitalismo monopolista, ya sea en España o los Estados unidos, es el mejor de los mundos posibles, sino también a la necesidad de ir desarraigando aquellos disparates, bautizados como marxistas, que más daño están haciendo a nuestra clase y que en realidad sirven a nuestros adversarios.
Así, tenemos una primera fuente de disparates en aquella tendencia que proclama la separación del marxismo de la práctica del movimiento obrero, que reduce, por tanto, el marxismo a un simple "ideal" que mueve voluntades o los corazones, o bien, a una visión de la sociedad basada en la economía. Tal es el marxismo desfigurado que hoy priva en el PSOE y que goza de un cierto predicamento debido a la pérdida por la clase obrera de la dirección del cambio democrático después de la muerte de Franco.

Otra corriente, con puntos de contacto con la anterior y que ha hecho estragos tanto en el PCE como en las organizaciones marxistas-leninistas, se ha caracterizado por diluir el papel de la clase obrera como fuerza revolucionaria principal en España.Para criticar una y otra posición, se debe subrayar el ligamen esencial en el marxismo entre teoría y práctica, entre teoría y movimiento obrero, y cómo el olvido de este ligamen convierte hoy a sus seguidores en una fuerza al servicio de una política, sin duda democrática, pero ajena a los intereses fundamentales del proletariado y afín, en cambio, a los de la burguesía.

Un segundo principio clave en nuestros días es el de la independencia de los marxistas de cada país y la necesidad de elaborar de manera autónoma su propia línea política.

Toda revolución triunfante en un país ha sido obra de su pueblo; y para alcanzar la victoria, los marxistas han tenido que encontrar lo peculiar de la lucha de clases en aquel país, lo que no puede estar escrito en las leyes generales del marxismo por eso mismo, porque son generales. En los años 20 y 30, la Tercera Internacional no dirigió ninguna revolución -y no podía hacerlo- por ser un organismo centralizado en donde el grupo dirigente desconocía las particularidades de cada país.

La experiencia mundial nos indica que el internacionalismo exige el total respeto a la independencia del proletariado y de las fuerzas revolucionarias de cada país y la puesta en pie de relaciones basadas en la igualdad, la no intromisión en los asuntos internos, el apoyo mutuo y el aprendizaje recíproco. Cuando en nombre del internacionalismo se ha propiciado el derecho de agresión, vasallaje o injerencia sobre otros países, movimientos o partidos revolucionarios, se ha estado defendiendo intereses ajenos a los del proletariado y el socialismo.

Sólo aplicando estos principios, las fuerzas marxistas españolas pueden hoy en día dar pasos hacia la unidad política, porque, en caso contrario, serían utilizadas directa o indirectamente por la propia burguesía.

Cinco puntos que resumen estas posiciones.

Dentro de las filas marxistas existen, actualmente, distintas corrientes y puntos de vista sobre las tareas inmediatas y a largo plazo para liberar a España del capitalismo monopolista. Eso es algo inevitable en todo movimiento político real y que solo puede resolverse mediante un prolongado esfuerzo por contrastar la teoría con la práctica, o sea, por ir desechando lo que no concuerde con la realidad social vista en su conjunto, y por desarrollar una teoría que sea cada vez un mejor reflejo de esa realidad.

Desde los años 30 hasta hoy, hemos conocido tres situaciones muy distintas de la lucha de clases en España, acompañadas de importantes cambios en la estructura económica y social.
Basándonos en nuestra propia experiencia, por más que sea relativamente corta en el tiempo, y en la de las otras fuerzas comunistas, creemos que los trabajadores y el resto del pueblo, en estos 70 años, han avanzado siempre que los marxistas hemos aplicado, entre otros, los siguientes principios:

- Partir de los intereses concretos de toda la clase obrera y no solo de una parte de ella, y tener en cuenta sus aspiraciones y su nivel de comprensión para favorecer en cada momento su unión.
- Poner nuestro empeño en sumar el máximo de fuerzas sociales ante cada batalla política y, en general, esforzarnos por encontrar los intereses coincidentes a corto y largo plazo entre los trabajadores de la ciudad y el campo y la mediana burguesía enfrentada a la enorme concentración del poder económico y político que se ha producido en España desde los años 30.
- Tener en cuenta, pues, los intereses legítimos de nuestros aliados, siempre que no se opongan frontalmente a los del conjunto del pueblo.
- Adoptar métodos democráticos y no coactivos para superar los conflictos que surgen entre los trabajadores o entre las diferentes fuerzas progresistas, y defender este mismo principio en nuestra concepción del socialismo.
- Actuar decididamente para conquistar los objetivos comunes a todo el pueblo en cada situación, y apoyarnos en la mayor capacidad de lucha que posee la clase obrera para contrarrestar las tendencias a la claudicación que surgen en momentos decisivos de los enfrentamientos políticos.

Nadie puede afirmar que esos principios sean ya un patrimonio plenamente compartido por los marxistas españoles. Por un lado, por haber actuado con una mentalidad estrecha sin tener en cuenta la situación global del pueblo y practicando un sectarismo extremo, las organizaciones marxistas-leninistas no pudieron desempeñar en su día un papel dirigente, se divorciaron de la realidad y sufrieron perdidas enormes.Por otro lado, cediendo en algunos aspectos ante la presión de fuerzas claudicantes, supeditando en una medida excesiva la labor de masas a la consecución de compromisos, el PCE fue perdiendo fuerza, ha padecido varios conflictos internos y escisiones, y su influencia social ha caído hasta niveles alarmantes.

La unión de los marxistas, para que no sea flor de un día, debe construirse sobre cimientos sólidos y comprobados. A nuestro juicio, los puntos antes citados resumen hoy la experiencia válida de las fuerzas proletarias en España. Proporcionan, por lo tanto, una base suficiente de unidad; y no hay que escatimar esfuerzos por superar las diferencias que los distintos partidos, organizaciones y activistas ahora independientes mantienen sobre ellos.Tales son los distintos frentes en que hoy se juega el progreso político de la clase obrera. Y sólo si se logran resultados positivos en todos ellos se podrá hacer entender al PSOE que se equivoca al convertirse, de hecho, en rehén de la gran burguesía española.

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dijous 1 de novembre de 2007


Marx, crítico del capitalismo.


Carlos Marx, conoció las últimas revoluciones burguesas de su tiempo y la primera proletaria, la Comuna de Paris. También tuvo una visión directa de las condiciones reales en las que florecía el capitalismo más boyante de su tiempo en Gran Bretaña. Estudió a los teóricos del liberalismo económico y polemizó con los socialistas utópicos que se rebelaban contra el capitalismo desde posiciones idealistas.

Una vez definidos los principios ideológicos materialistas y planteada la necesidad de cambiar radicalmente la sociedad, Marx dedicó grandes esfuerzos a analizar y criticar al sistema capitalista. Sus trabajos más importantes son los dedicados a explicar los mecanismos de explotación capitalista.

Marx analizó implacablemente la profunda injusticia que representa el sistema capitalista. La teoría de la plusvalía es­ta en la base de esta crítica, y, con ella, Marx demuestra que el capitalismo tiene que explotar necesariamente la fuerza de trabaja de los obreros para subsistir.
Es tal al peso de las aportaciones de Marx en este terreno que casi nadie -ni siquiera sus más duros críticos- le niega su talla de genio de la economía, aunque en la mayoría de los casos sea para reducirlo a este papel de puro teórico.

En esta época de crisis del sistema imperialista mundial, es cuando más se puede comprobar la justeza de los análisis de Marx. Si hace unos años algunos teóricos burgueses se apresuraron a enterrar la teoría de las crisis cíclicas del capitalismo a causa de que había un periodo relativamente largo de prosperidad en Europa, Norteamérica y algunos otros países, ahora se hace evidente una vez más que sólo partiendo de una visión marxista del mundo se puede analizar científicamente la realidad social.

Sin embargo, a pesar de que la evidencia histórica ha probado la justeza de lo enunciado por Marx, es frecuente que se critique tal o cual aspecto de su teoría económica o algunos de sus vaticinios políticos. Es cierto que no se puede tener una actitud del tipo "cada frase de Marx es una verdad" pero la actitud contraria de querer invalidar toda una obra por una frase, es muchísimo peor.

Trazando un paralelismo con otro gran contemporáneo de Marx, Darwin, no hay duda de que este biólogo estableció lo fundamental de la teoría de la evolución de las especies, a pesar de que algunos aspectos de la misma, tal como él la enunció, se han ido confirmando y mejorando. Cualquiera que pretenda descalificar el darwinismo en base a algunos errores o insuficiencias de Darwin no haría más que descalificarse a sí mismo.

Ciertos aspectos de los análisis económicos de Marx han debido ir siendo precisados en relación a la evolución del propio capitalismo. Por ejemplo, Lenin, con su teoría del imperialismo, explicó, partiendo de Marx, las nuevas formas que tomaba el capitalismo a partir de un cierto estadio de desarrollo.
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dissabte 6 de octubre de 2007


Los marxistas-leninistas en Europa.

La corriente Marxista-leninista, tanto aquí como en otros países occidentales, nace alrededor de la división del movimiento comunista internacional en 1963. Recordemos brevemente que este conflicto se dio por el intento soviético de imponer sus puntos de vista en los demás partidos, prescindiendo de los acuerdos llegados en las conferencias internacionales comunistas de 1957 y 1960. El rechazo de esta posición por chinos, albaneses y otros llevó a la ruptura abierta. La inmensa mayoría de los PC europeo-occidentales se alinearon con el PCUS y expulsaron de sus filas a los militantes disconformes.

La ruptura de 1963.

El primer rasgo de la escisión de 1963 atañe, pues, al respeto de los acuerdos interpartidarios, a la defensa del principio de igualdad y no ingerencia interna entre los comunistas de todo el mundo, principio que ya había sido gravemente pisoteado en 1984 con la expulsión de los comunistas yugoslavos de la Kominforn.
En segundo lugar, la escisión de 1963 enfrentó dos concepciones opuestas sobre la situación mundial y sobre las tareas revolucionarias. Para el PCUS, la línea general del movimiento comunista se resumía en que el desarrollo de la coexistencia pacífica entre la URSS y los USA era la clave, en aquellas condiciones, para el progreso del socialismo en el mundo. En la práctica, esa línea de coexistencia a todo precio significaba abandonar a su suerte los movimientos anticolonialistas y antiimperialistas que estaban en un momento de enorme expansión, y favorecer la hegemonía norteamericana, a cambio de algunas concesiones a la URSS. Por el contrario, para los PC de China y otros países y los grupos M-L, los comunistas debían apoyar decididamente las luchas democráticas y de liberación nacional del Tercer mundo que representaban el factor decisivo para contener el imperialismo USA y para preservar la paz mundial.
Además el PCUS propagó la idea, estrechamente ligada a su concepción de la coexistencia pacífica, de que la vía revolucionaria no era ya la forma principal de avance al socialismo. Los soviéticos y sus seguidores de entonces argumentaron que si se centraban los esfuerzos en garantizar la coexistencia USA-URSS, el poderío de esa última y sus aliados creaba "condiciones nuevas" para el paso gradual al socialismo, cuando de hecho, los únicos progresos hacia el socialismo que se dieron en aquella época fueron el fruto de revoluciones democráticas y por la independencia nacional.
Así, pues, aquella escisión giró, entre otros problemas, en torno a tres puntos clave: la igualdad y la no ingerencia en las relaciones interpartidarias, el apoyo al movimiento de liberación del tercer mundo; y la validez de la vía revolucionaria como forma principal de acceso al socialismo en las condiciones de un mundo dominado aún por el imperialismo.
El desarrollo histórico dejó en ridículo a los que siguieron la línea soviética: vease los ejemplos de Argelia y Cuba, en que los respectivos PCs, fieles al dictado del PCUS, fueron incapaces de jugar ningún papel en la revolución. En Europa y América del Norte o Japón, centenares de miles de personas participaron en grandes acciones no precisamente en apoyo a la coexistencia pacífica, sino en solidaridad con Vietnam, Kampuchea, Laos y otros pueblos oprimidos. Esa fue, en muchos países, la base de masas para el crecimiento de la corriente M-L.

Los factores positivos en Europa.

¿Significa esto que la expansión de las organizaciones M-L fue el producto exclusivo de una oleada revolucionaria en el Tercer mundo que quebrantó enormemente al imperialismo? No, ese debilitamiento de la presión ideológica, política y económica del imperialismo norteamericano sobre cada país del occidente industrializado permitió que la lucha de clases interna tomase un mayor impulso y aquí coincidieron varios factores positivos: una prosperidad económica generalizada y una elevada proporción de jóvenes en la población debido al auge de natalidad de los años 50, que dieron pie a que apareciese tanto un potente movimiento juvenil basado en escuelas y universidades, como una situación de pleno empleo favorable a la lucha huelguística de los trabajadores.
En particular, en la España sometida al franquismo, esos fenómenos comunes al resto de Europa desembocaron no sólo en una mayor politización de los movimientos obrero y juvenil, sino también en una clara hegemonía del marxismo en sus filas y entre los intelectuales. Así, entre 1967 y principios de los 70 nacieron numerosas organizaciones M-L, cuya influencia en los movimientos de masas llegó a ser notable.

Cambios en los setenta.

Sin embargo, las condiciones anteriores, favorables al desarrollo de las organizaciones M-L, empiezan a cambiar alrededor de 1975: la derrota de los EE.UU. en el sureste de Asia despeja el camino a una actitud mucho mas beligerante de la URSS y al posterior intento de contraofensiva americana de la mano de Reagan, y con ello, Europa se encuentra sometida a la tenaza de los bloques militares. Además, el inicio de la recesión económica va desorganizando paso a paso tanto al movimiento obrero como al juvenil. Aquí, este viraje mundial tiene quizás mayores efectos negativos puesto que coincide con la pérdida por parte del movimiento obrero de la dirección política del cambio democrático.
Ahora bien, ni la recesión económica ni el endurecimiento de la política de bloques, ni el peligro de guerra explican por sí solos el retroceso de la corriente M-L. Ocurre más bien que esos factores negativos ponen en evidencia y agudizan los fallos de los grupos M-L en su comprensión de la realidad y en su dominio del marxismo y precipitan su estallido.

La crisis de los M-L europeos.

A partir del viraje de 1975, los grupos M-L tienen dificultades para encajar la nueva situación presidida por la creciente rivalidad entre los dos bloques militares, y para ajustar su actuación al repliegue de los movimientos populares. Otra fuente importante de confusión y problemas radica en su inseguridad ideológica ante la eficaz campaña anticomunista que se desata en occidente a raíz de la autocrítica china sobre la Revolución cultural y a raíz de la guerra entre Vietnam y Kampuchea.
A grandes rasgos, los escollos con que han tropezado las organizaciones M-L occidentales, se podría resumir en lo siguiente:

* Esquematismo en el análisis de la realidad social y sobrevaloración del aspecto subjetivo (de conciencia, de voluntad), en los cambios sociales, lo que dio lugar a fuertes desviaciones izquierdistas, a no tener en cuenta los intereses del proletariado en su conjunto ni la situación global de todas las clases sociales a la hora de trazar cualquier política, a frecuentar vaivenes entre la palabrería revolucionaria y el ponerse a remolque de los movimientos de masas.
* Compresión deficiente de la historia del movimiento comunista en cada país y en el mundo, de sus aspectos positivos y negativos. En particular, de la ruptura de 1963 no se saca la lección de que el movimiento comunista internacional no debe organizarse según el principio del partido guía, de un centro mundial dirigente. Se piensa que la ruptura de 1963 es la simple repetición de lo ocurrido en 1917 al separarse comunistas y socialdemócratas. En consecuencia, se cae a menudo en el simple mimetismo respecto a otros partidos a los que se otorga el papel de “guía”: PC de China, PT de Albania…, sin entender lo rasgos de esa nueva división ni su desarrollo posterior.
* Falta de dominio de la autocrítica, o sea incapacidad para sacar lecciones de los propios errores. Cuando se van descubriendo sucesivos fallos políticos o ideológicos, hay serias resistencias para entrar en críticas y autocríticas sistemáticas y, en algunos casos, se acaba por sustituir el marxismo por la chatarra ideológica que está de moda.

Un balance provisional.

En términos generales, los M-L europeos dieron una repuesta justa al principal problema de la lucha de clases mundial de los años 60 y la primera mitad de los 70 –los movimientos de liberación nacional del Tercer mundo- frente a las posiciones oportunistas de derecha encabezadas por el PCUS. También supieron recoger e impulsar muchas reivindicaciones de los movimientos obrero y juvenil, de barrios, etc. Y, en algunos casos, llegaron a sentar las bases para la construcción de partidos de masas. No alcanzaron, en cambio, en su mayoría a elaborar una línea política adecuada a sus respectivos países, con lo cual su influencia social no llegó a consolidarse. Así, su defensa teórica de la vía revolucionaria no vino contrastada por una práctica dirigente, adaptada a una situación no revolucionaria como la que ha dominado en gran parte de occidente desde el fin de la segunda guerra mundial.


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dissabte 15 de setembre de 2007


Reacción, progreso social y lucha de clases.

En España, durante las últimas décadas, cada vez que se ha logrado desplazar a la derecha del gobierno ha sido gracias a que un partido, el PSOE, ha canalizado los anhelos de cambio, de democratización de la población, y ha sido votado por obreros, campesinos, pequeños y medianos empresarios, funcionarios e intelectuales ¿Significa esto que la lucha entre reacción y contrareacción ha hecho desparecer la lucha de clases?. En todo caso, ¿Qué papel juega la contradicción entre el proletariado y la burguesía?, ¿Cómo se relaciona esta contradicción con las demás contradicciones sociales?

España: Estado multinacional y capitalista.

España, sus distintas nacionalidades, es desde hace ya muchos años un Estado donde el capitalismo está solidamente implantado, o sea en donde la contradicción que llamamos fundamental, opone la burguesía al proletariado. El papel fundamental de esta oposición significa que, en España, ningún problema importante puede ser zanjado sin avanzar a la vez hacia la completa emancipación de la clase obrera de la opresión que sufre bajo el capital. Por problemas importantes entendemos, por ejemplo, los siguientes: las crisis económicas periódicas con sus consecuencias de paro y liquidación de empresas; el crecimiento anárquico de las ciudades y el despoblamiento del campo; los desequilibrios ecológicos crecientes; la marginación social; la discriminación u opresión sobre las nacionalidades minoritarias; la subordinación económica o política a otras potencias.

El papel de la clase obrera.

Desde este punto de vista, se puede decir que las libertades conseguidas en las últimas décadas o lo que hoy puede lograrse a partir de progresos democráticos de la izquierda en las elecciones, serían conquistas perecederas si la clase obrera no avanzase en la construcción de su unidad política, no se desarrollase como fuerza social consciente, capaz de ir influyendo sobre el resto del pueblo y ganarse su confianza. Por ello afirmamos también que cuando la clase obrera encaja un retroceso político, la actual democracia se hace más vulnerable ante los ataque de los reaccionarios.Así, pues, la existencia de estas dos clases fundamentales y su lucha es la razón de que no pueda haber ninguna salida duradera realmente progresista a las dificultades políticas y económicas que no vaya acompañado de un salto adelante en la unidad, organización y capacidad política de la clase obrera. Y este papel que atribuimos a la clase obrera no es fruto de ningún deseo nuestro, de ninguna voluntad de moldear así las cosas, sino del resultado de la misma realidad social española. La experiencia de la guerra civil y del franquismo nos lo confirman.

La experiencia del antifranquismo.

Sin duda, la oposición entre burguesía y proletariado no es la única contradicción que hay en España. Los problemas antes señalados son otras tantas contradicciones. Pero hay más, muchísimas más; algunas se resulelven mientras otras surgen. Así, bajo el franquismo, los que se empeñaban en mantener la dictadura se enfrentaban al resto de la población que exigía libertades. Tal conflicto entre franquismo y democracia era, en aquellos momentos, el asunto político decisivo, lo que podemos llamar la contradicción en primer plano. En aquellas condiciones, la lucha entre burguesía y proletariado sólo podía saldarse con un vuelco favorable si el proletariado, haciendo causa común con el resto de las fuerzas antifranquistas era capaz de hundir el régimen. Al no haberse dado esta victoria contundente, sino una reforma del franquismo, se planteo posteriormente otra batalla: la lucha entre democracia y reacción, en una situación en la que las fuerzas democráticas crecieron en número pero contando con un proletariado debilitado en lo político y organizativo.

Franquismo, reacción…..¿qué clase o clases se esconden detrás de estos nombres?,¿se trata de la burguesía en su conjunto? No. La burguesía llegó a ser la clase dominante aquí siguiendo un camino muy tortuoso. No todos los sectores o fracciones de esta clase actuaron del mismo modo. Algunos unieron sus intereses con los de los terratenientes o con el capital imperialista extranjero; otros se apoyaron en la pequeña burguesía democrática e incluso en el proletariado naciente.

Esta diversidad de orígenes, sumada a la evolución y diferenciación posterior entre una gran burguesía que concentró en sus manos lo esencial del poder político, militar y económico, y otras fracciones que sólo poseen minúsculas parcelas de poder económico y social, explica la virulencia que han tenido y siguen teniendo los conflictos entre estas distintas burguesías. Y ahí tenemos un reflejo de estos conflictos en la mayoría de las elecciones parlamentarias: mientras la gran burguesía apuesta mayoritariamente por el Partido Popular, en Cataluña y Euskadi dan su apoyo mayoritario a los partidos nacionalistas. Y esas mismas burguesías o una parte de ellas se opusieron con mayor o menor decisión al franquismo. De ahí que la victoria franquista de 1939, las conquistas democráticas de 1977 o las batallas posteriores entre reacción y democracia obedecieran todas ellas a los movimientos, los avances o retrocesos de dos grupos de fuerzas sociales; por un lado, el que viene representado por la burguesía monopolista y sus apoyos imperialistas en el exterior, y por otro, el que llamamos pueblo, en el que incluimos desde la clase obrera hasta una parte más o menos amplia de la burguesía no monopolista. La oposición entre estos dos grupos de fuerzas es la clave que nos permite entender los últimos setenta años de nuestra historia. Esa es la contradicción principal en la España de hoy, la que tiene un carácter antagónico concreto, o sea, la que significa una lucha a muerte por el poder de uno u otro grupo.

La clase obrera y el resto del pueblo.

También, como ya vimos en el caso del franquismo, la clase obrera sólo puede avanzar hacia su emancipación, hacia su victoria sobre la burguesía, si es capaz de cooperar con el resto del pueblo en esta lucha contra el capital monopolista y el imperialismo, si es capaz de desbloquear el camino hacia el socialismo superando el principal obstáculo histórico que se le opone desde hace 70 años. Sean cuales sean los tumbos que vaya a dar en el próximo futuro la lucha de clases en España, la experiencia histórica y la presente realidad nos indica que ninguna base popular, excepto la lucha obrera, tiene la capacidad social suficiente para unir a todas las fuerzas progresistas y superar paso a paso todos los obstáculos que se oponen al cambio social. En otras palabras, ningún partido que se aleje de los intereses de la clase obreras, puede garantizar el éxito no sólo en la conquista y construcción del socialismo, sino también en la satisfacción de las más urgentes demandas de hoy en cuanto a afianzamiento de las libertades, defensa de las condiciones de vida, y salvaguarda de la independencia frente a los manejos imperialistas.

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diumenge 15 de juliol de 2007


¿Desaparece la clase obrera?

Para algunos políticos y sociólogos, habría que ir pensando en celebrar unos funerales para la clase obrera. Según sus teorías, el proletariado estaría condenado a desaparecer en los países capitalistas desarrollados como consecuencia del crecimiento del sector servicios o terciario a costa del industrial y de la actual revolución técnica, en la que la microelectrónica desempeña un papel decisivo. Y si la clase obrera se estuviese extinguiendo, también se esfumaría la perspectiva del socialismo, o sea, que tendríamos capitalismo para largo.

En realidad se trata de un argumento que indica la ignorancia de quien lo emplea, o su interés por convencernos de que es inútil luchar contra el actual orden social, o ambas cosas a la vez, pues la clase obrera no sólo no disminuye, sino que sigue creciendo. Desaparecen unas categorías de trabajadores, y otras las reemplazan como ocurre con las propias herramientas de trabajo: tractoristas en lugar de jornaleros, especialistas de fotocomposición en lugar de linotipistas. Es decir, la composición de la clase obrera va variando con arreglo a los cambios que sufre la economía capitalista y la misma burguesía.

UNA NUEVA CLASES OBRERA.

Así tenemos, por ejemplo, que hasta 1950 los jornaleros eran el componente más numeroso de nuestra clase por ser la España de entonces un país principalmente agrario. Sin embargo, la rápida industrialización que tuvo lugar más tarde hizo que en 1970 uno de cada dos trabajadores asalariados fuese obrero de la industria, la construcción o el transporte. Y a partir de aquella fecha el mayor crecimiento se da en el sector terciario: administrativos, vendedores, trabajadores de la hostelería, etc., que perteneces a la clases obrera, del mismo modo que el propietario de un banco, un supermercado o un hotel forma parte de la burguesía.

Ocurre, además, que un sector de técnicos y científicos se va proletarizando, debido a la presencia cada vez más directa de la ciencia en varias ramas de la producción y a la consiguiente necesidad de contar con gente muy calificada para realizar determinadas tareas productivas. Paralelamente a esos cambios, la demanda de mano de obra de mayor calidad, aunque sea muy desigual de una rama a otra, de un tipo de empresa a otra, da pie a que surjan sectores de servicios encargados de elevar esa calidad. Por último, el desarrollo mundial del capitalismo, o sea, el imperialismo, provoca que en los países ricos se multipliquen los servicios encargados de tareas financieras, de venta, gestión, organización, investigación, etc. Mientras una parte de la producción directa tiende a irse a otros países donde los salarios son más bajos. En España, en cambio, el gran peso que el sector servicios adquieres desde 1970 no se explica tanto por esta última razón ni tampoco por la revolución técnica en curso, sino más bien por el despegue industrial, que trae consigo la necesidad de incrementar ciertos servicios (financieros, ventas, etc.); y por la especialización turística dentro de Europa occidental.

LA TÉCNICA NO TIENE LA CULPA

El proletariado, y sobre todo el del sector servicios, crece y va a seguir creciendo. Pero muchos se preguntan si la microelectrónica y todas sus aplicaciones, como la robótica o la informática, más que cambiar la pertenencia de clase de los que manejan esas técnicas, no va a crear un permanente y gigantesco ejército de parados. Nada indica que esto vaya a pasar. Bajo el capitalismo hemos conocido ya varios cambios técnicos, y cada uno de ellos eleva la productividad y tiende a reducir el trabajo humano directo, con lo que aumenta el grado de explotación, pero al mismo tiempo que suprime oficios, crea una infinidad de nuevos. El problema no está en el cambio técnico en sí mismo, sino en el sistema capitalista, que al efectuar esas reconversiones, trata a los obreros como si fuesen máquinas en desuso. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX, más de un tercio de los trabajadores textiles catalanes perdieron el puesto de trabajo como consecuencia de la mecanización de este sector, pero al cabo de un tiempo, el empleo volvió a crecer. El problema del paro en estos momentos no está causado tanto por la microelectrónica como por otros factores que agravan la total incapacidad del capitalismo monopolista español de lograr un nivel de pleno empleo con estabilidad laboral, incluso en una situación de auge económico. Sólo hay que fijarse en que en los “felices” 60 o comienzos de los 70, de no haber sido por la emigración, nos hubiésemos encontrado aquí con cerca de tres millones de parados.

MÁS POBREZA.

Por lo demás, sería algo fantástico suponer que, en España, se están desdibujando las fronteras entre las clases, cuando un en año de prosperidad como fue 1970 el ingreso del 90% de los obreros agrícolas y sus familias, del 70% de los industriales o del 60% de los servicios era más bajo que el ingreso familiar promedio; cuando se comprueba que desde 1977 la parte de los salarios netos en la llamada renta o ingreso nacional no hace más que bajar, mientras sube la parte de los beneficios empresariales; o cuando se ve el empeño que pone la patronal en lograr una mayor flexibilidad laboral entendida sobre todo como aumento del empleo eventual, lo que permite rebajar salarios.


Lo anacrónico, lo destinado a desaparecer, más pronto o más tarde, no es la clase obrera, sino el sistema que la oprime.


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divendres 15 de juny de 2007


El legado del PCI de Enrico Berlinguer.

La creación en Italia del Partido democrático, ha venido acompañada de la reivindicación de las figuras más representativas del extinto PCI, por parte de la mayoría de formaciones políticas de la izquierda marxista con el fin de anular los intentos de hacer tabla rasa con el pasado. Los más recordados vienen siendo Antonio Gramsci muerto hace 70 años y en menor grado su sucesor en la secretaria general del Partido, Palmiro Togliatti. Aquí, sin embargo, no se va a hablar de estas dos grandes figuras del PCI de las primeras décadas. Sólo se va a tratar de lo que representó Berlinguer como exponente máximo de las posiciones del PCI durante los últimos años de su existencia.


UN PARTIDO NACIONAL Y DE MASAS.


La conmoción en Italia por la muerte de Berlinguer expresó en su día el reconocimiento de la trayectoria de un dirigente y de una partido ajeno a la corrupción o a las conexiones con la mafia, el golpismo y el terrorismo, que son moneda corriente en el mundo político de aquel país. Y, asimismo, dio la medida del papel social clave que desempeñó el PCI, hasta el punto de que un rasgo peculiar de la política italiana durante décadas fue la búsqueda de todas las combinaciones posibles para evitar el acceso del PCI al gobierno, aun a costa de provocar permanentes crisis gubernamentales.


LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA.

Desde que Berlinguer sucedió a Luigi Longo en la secretaria general, el PCI consolidó su tradicional influencia en infinidad de municipios, provincias o regiones, entre los intelectuales, y logró mantener una alianza estable entre los tres sindicatos mayoritarios.

Además de cumplir un papel de organizador del pueblo y defensor de sus derechos y libertades, el PCI supo también utilizar la fuerza alcanzada en Italia para intervenir en la Comunidad europea, en cuyo parlamento los diputados comunistas italianos lograron impulsar el grupo de izquierdas con mayor iniciativa y cohesión. No cediendo a la burguesía ningún frente de acción política, social o cultural, el PCI de Berlinguer impulsó durante años la más tenaz labor que se haya visto en Europa por lograr la hegemonía bajo un régimen parlamentario capitalista.

EL FRACASO DEL COMPROMISO HISTÓRICO.


Ahora bien, en el momento de proyectar esa prolongada práctica social en el terreno gubernamental, la línea estratégica seguida –el llamado compromiso histórico- no dio resultado. Berlinguer sobrevivió seis años a ese fracaso, y bajo su dirección el PCI pudo al menos preservar sus anteriores posiciones en el movimiento de masas y en el parlamento y mantener su unidad interna. Durante este tiempo el PCI intentó estrechar sus lazos con el PSI, los socialistas de B.Craxi, pero tampoco logró materializar ninguna alianza sólida: el PSI volvió a pactar con la Democracia cristiana para resucitar la vieja fórmula del centroizquierda y aislar al PCI.


En el plano internacional, Berlinguer hizo aportaciones valiosas al desarrollo de una práctica correcta en las relaciones entre partidos comunistas. El notable prestigio del que gozó el PCI y su misma persona en otras fuerzas comunistas, se ganaron gracias al más escrupuloso respeto del principio de independencia de todo partido. Debe señalarse, además, la firmeza con que el PCI se opuso a los intentos de Moscu de manipular a los PC de Europa occidental.

EL EUROCOMUNISMO.


Como marxistas que actuamos en un país capitalista parlamentario importa referirnos brevemente a aquellas conclusiones que el PCI de Berlinguer supo sacar de su experiencia. El punto de arranque de su reflexión los constituyó la especificidad de la vía revolucionaria en el mundo capitalista desarrollado, afirmación que debemos compartir. No parece en cambio, que los obstáculos que se oponían a finales del siglo pasado al socialismo en Europa, fueran cualitativamente diferentes a los que se daban, por ejemplo, en el Tercer Mundo. En nuestro continente el dominio de clase se ejerce dando prioridad a los mecanismos de control político e ideológico sobre la represión descarnada, entre otras razones, porque la situación de los trabajadores y del pueblo es bastante más desahogada aquí que en el Tercer Mundo y porque la explotación del proletariado europeo no es la única fuente de beneficios para la burguesía. Entonces, está claro, que los marxistas del occidente desarrollado debemos procurar el desgaste de la hegemonía del gran capital y conquistar paso a paso una posición influyente en la sociedad, pero esa lucha no parece que pueda resolver por sí sola la cuestión del cambio de poder, en particular, debido a que la situación objetiva no permite hoy en Europa que el poder cambie de manos. La línea del “compromiso histórico” en Italia chocó con una oposición mayoritaria del gran capital, más allá de las discrepancias internas de éste último, y con el veto americano; y a pesar de algún eventual efecto positivo que pudo haber tenido esta línea, el PCI no aclaró esta problema y sus propuestas no ayudaron a los otros partidos comunistas.


A ese respecto, hay que referirse al discurso de Berlinguer de enero de 1982 ante el Comité Central del PCI, con ocasión de la situación en Polonia, que fue una excelente síntesis de su pensamiento.

LA TERCERA FASE DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO.

En el discurso se afirmaba que el movimiento obrero mundial ya había recorrido dos fases. Una primera, caracterizada por el nacimiento de las organizaciones políticas y sindicales obreras europeas a finales del siglo XIX; y una segunda, que arranca de la guerra mundial de 1914, de la Revolución rusa de 1917 y la formación de los partidos comunistas y prosigue con las luchas de liberación nacional. Pero esta segunda fase se cerro a finales del siglo XX al agotarse el impulso surgido de la Revolución rusa de 1917, lo cual se manifestaba en un desarrollo político bloqueado en los países que se inspiraron en aquella revolución, y en las crisis que ya afectaban a algunos de ellos.


Opinamos que los hechos dan la razón a Berlinguer cuando señalaba que ya se había iniciado una tercera fase del movimiento revolucionario mundial, presidida por la superación de algunas concepciones erróneas y la puesta en práctica de otras nuevas, tales como la inexistencia de cualquier centro mundial o partido guía; un internacionalismo que no da derecho a nadie a buscar la supeditación de otros países o partidos; el rechazo a toda política aventurera y sectaria y la exigencia de construir alianzas amplias en perspectiva estratégica para preservar la paz y avanzar en cada país hacia el socialismo; o bien la importancia que adquiere a la luz de la experiencia histórica la lucha por defender y ampliar la democracia en los países capitalistas y por construir la democracia popular en los socialistas.

EL CONTENIDO DE LA REVOLUCIÓN.


No podemos compartir, en cambio, dos ideas que marcarían igualmente, según Berlinguer, esa tercera fase. Por un lado, el afirmar que la vía seguida por la URSS en 1917 no es aplicable al occidente desarrollado. Esto es evidente refiriéndose a las formas concretas que tomó aquella revolución, pero si se quiere indicar que el contenido esencial del 17 ruso –la destrucción del poder de clase y la construcción de uno nuevo- es irrepetible en nuestras condiciones, entonces, ¿qué hechos históricos o recientes en Europa lo invalidan?.


Por otro lado, tampoco era del todo correcto, el dar por sentado que en aquellos años el movimiento obrero europeo y de algunos otros países desarrollados constituía el motor principal de la nueva etapa revolucionaria mundial. Los trabajadores europeos han enriquecido su experiencia luchado en situaciones tan distintas como las de expansión de los años 60 y las de recesión de los 70, y sus elementos más avanzados también supieron rectificar algunos viejos errores. Sin embargo, durante ambas décadas, fueron las fuerzas revolucionarias del Tercer mundo quienes hicieron las mayores contribuciones.


No obstante, para despejar las incógnitas que aún tenemos planteadas los marxistas en Europa, es indudable que habrá que contar con la experiencia que nos legó el PCI de Enrico Berlinguer.


Bandiera Rossa



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dijous 17 de maig de 2007


Corrents de pensament actuals (esquema)


1) Per començar, identificarem els grans corrents de pensament actuals, circumscrits als que s'ocupen de la societat i l'economia:

*liberalisme,
*reformisme,
*neoliberalisme o neoconservadorisme i
*marxisme.
Prescindim, en aquest esquema de corrents com ara les diverses variants de l’islam.

2) Aquests corrents responen a interessos de forces socials (classes i aliances de classes) i, en particular, en el pla internacional, als interessos d'uns quants Estats i grups d'Estats:

*el liberalisme i el reformisme, com a concepcions dominants a la Unió Europea en els aspectes polític i econòmic, respectivament;

*el neoliberalisme o neoconservadorisme, com a concepció integrada de la societat, l'economia i les relacions internacionals, en el cas dels Estats Units; i

*el marxisme també fa aquesta funció als països socialistes (Xina, Laos, Vietnam, Corea del Nord i Cuba).

3) Fins i tot les diferencies formals entre aquestes concepcions retraten amb precisió la situació dels interessos a què responen: així, l’amalgama de diferents tendències liberals amb el reformisme econòmic serveix essencialment per justificar l'ordre polític i social europeu, mentre que el neoliberalisme o neoconservadorisme té una orientació més explícitament propagandística, fins al punt que pot estar en contradicció literal amb la pràctica real dels neoconservadors (dèficit federal i despesa pública a la indústria militar enormes) i programàtica, per exemple, partint de la mateixa idea de la universalitat dels valors liberals, defensada per tots els corrents d'aquest signe, considera que la intervenció econòmica, política o militar en d'altres països es un mitjà preferent per estendre aquests valors. O, pel que fa al marxisme, la forma d'autocrítica, de conclusions a partir d’experiències i casos concrets, que pren sovint reflecteix tant la desintegració de l'URSS com els errors comesos a d'altres països.

4) Identifiquem a continuació, aquells elements nous del marxisme, fruit de l’experiència del segle XX, en què semblen coincidir en graus diversos els països socialistes, els governs d'esquerra a Sudamèrica, d'altres forces arreu del món i una part almenys del marxisme acadèmic:

*El socialisme ha de basar-se en diferents formes de propietat,

*S'ha de combinar el mercat amb la regulació per garantir una assignació de recursos adequada en les condicions del socialisme,

*La via lenta, pacífica o principalment pacífica al socialismes és la que predomina en les condicions d'ara.

5) Hi ha alguna relació entre els corrents anteriors i aquells altres, com l'ecologisme i el feminisme, que responen a un aspectes de la realitat, i la relació és molt més travada en el cas del marxisme.
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dimarts 10 de abril de 2007


En recuerdo del Frente Popular.

Para algunos, la experiencia del Frente Popular en España y el papel que jugaron en él los comunistas tiene mucho más de negativo que de positivo; argumentan: ¿No fue acaso esta política de Frente Popular lo que llevó a la derrota de 1939 en manos de los franquistas?. No vamos a entrar aquí en el problema concreto del porqué se perdió la guerra; pero, a los que razonan de esta manera se les podía responder con otra pregunta: ¿Y cuántas semanas habría tardado en vencer el alzamiento militat de no haber existido el Frente Popular?

Lo cierto es que, en su conjunto, la política de Frente Popular desarrollada en España y muchos otros países fue la primera gran contribución histórica de los comunistas a la causa de la libertad y el socialismo desde el derrocamiento del Imperio ruso.

¿Qué fue el Frente Popular?

Ante la oleada fascista que amenazaba con sumergir Europa y Asia de los años 30 y que, después de la subida de Hitler al poder en Alemania llevaba inexorablemente a la guerra, la III Internacional, en su VII Congreso de 1935, fijó el objetivo de concentrar todas las fuerzas contra este enemigo, contra la fracción más reaccionaria y peligrosa de la gran burguesía. Para ello había que unir todas las clases, partidos y sindicatos así como todos los países y gobiernos que, de una u otra manera, estuvieran amenazados por el fascismo. En el terreno internacional, esta unidad debía forjarse mediante acuerdos, pactos, acciones conjuntas, etc., contra los gobiernos fascistas más agresivos, que eran los instigadores de la guerra (Alemania, Italia, Japón). Había que levantar un poderoso frente por la paz que se opusiera a las ocupaciones y anexiones de países, como las de Austria, Checoslovaquia y China, a la intervención descarada en los asuntos internos de otros Estados, como fue el caso de las tropas alemanas e italianas en el bando franquista durante nuestra guerra, etc. En algunos casos, como el de España, estas unidad en un Frente Popular era absolutamente indispensable para resistir a la escalada interna de la contrarrevolución fascista.

La opinión de José Díaz.

José Díaz, secretario general del PCE de 1932 a 1942, nos resume el significado concreto que tuvo aquí el Frente Popular:

El Frente Popular, en España, se ha constituido, y sigue siendo hasta hoy, una especie de coalición electoral de las fuerzas obreras y republicanas de izquierdas. Con excepción del Partido Comunista, y en parte –aunque no con toda la claridad que se precisa- del ala izquierda del Partido Socialista, los dirigentes de todos los otros partidos que participan en el Frente Popular (no las masas, pués éstas ven en el Frente Popular, no solo un frente electoral, sino también extraelectoral), lo consideran como una coalición electoral y no aspiran a otra cosa. (...)".

Sólo el Partido Comunista ha mantenido una posición justa y firme en esta cuestión, propugnando por que el Frente Popular sea un frente de lucha no sólo en las elecciones y en el Parlamento, sino principalmente en la calle, un frente que organice y agrupe a todas las masas trabajadoras y que sirva como garantía para el cumplimiento por parte del Gobierno del pacto electoral y para llevar adelante el cumplimiento y las solución de todos los problemas vitales de los obreros, campesinos y masas trabajadoras en España. El Partido Comunista ha luchado por dar al Frente Popular este carácter y lo ha conseguido en parte (…). El Partido Comunista ha luchado y sigue luchando por organizar al frente único proletario y poner a éste como base, como garantía del Frente Popular Antifascista”.

"No hay que disolver el Frente Popular, sino todo lo contrario:reforzarlo y convertirlo en un verdadero frente de lucha antifascista; extender y vivificar las Alianzas Obreras y Campesinas en todo el país; conseguir la unidad sindical y la unidad orgánica y política del proletariado: he aquí las condiciones que pueden asegurar el logro de las aspiraciones de las masas trabajadoras (...).

Su sentido actual

Desarrollar en nuestras condiciones la experiencia del Frente Popular significa realizar un haz de tareas inseparables, que se pueden resumir en: favorecer la unidad de acción con todos los que se oponen de una u otra forma, en mayor o menor grado, al gran capital español y a las políticas antipopulares, así como a los instigadores de nuevas guerras imperialistas; estrechar las filas de la clase obrera en todos los terrenos, fortalecer sus organizaciones de masas, combatir la división sindical; y trabajar por la unidad política de la clase obrera.


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dijous 1 de març de 2007


Mundialització i privilegis

La mundialització té la màxima expressió en el paper del capital productiu, a partir de l’actuació de les empreses multinacionals que, aprofitant la revolució tecnològica i dels transports, es poden instal·lar (i desinstal·lar) en diferents punts del planeta i subcontractar part de les activitats. Es crea, així, una gran xarxa mundial de producció i de distribució.

Tanmateix, resulta un xic fantasiós creure que el moviment relocalitzador que s’ha produït darrerament s’estendrà de manera inevitable al conjunt de l’economia. Els costos salarials no són l’únic criteri que interessa les empreses, també necessiten la classificació professional, les infrastructures..., i mercats amplis. Si ens fixem en el que està succeint en l’economia internacional, veurem com la major part de les inversions s’intercanvien entre els països del Nord, particularment entre els EUA, Europa, Canadà i el Japó. Això no significa negar la possibilitat de presenciar en un futur pròxim algunes deslocalitzacions salvatges. El que cal fer, en tot cas, és endegar una política d’adaptació al canvi i garantir que els buits deixats per les deslocalitzacions que es puguin produir s’omplin amb noves inversions més eficients.


Ara bé, més enllà de preparar-se per afrontar tal o tal altra deslocalització, també s’ha de donar una orientació general: com encarem un procés de mundialització en què, per primera vegada des de la descolonització, els països més forts del Sud comencen a organitzar-se de debò al pla mundial per oposar-se al vell ordre econòmic internacional?. Ara ja no podem parlar únicament de solidaritat, sinó també de necessitat: si Espanya i la Unió Europea continuen alineant-se amb els EUA, en l’essencial, és a dir practicant el dúmping agroalimentari a gran escala en el comerç internacional, fent concessions irrisòries davant les demandes del Sud, com ha passat, per exemple, a la reunió que hi va haver fa poc, a Hong Kong, de l’Organització Mundial del Comerç l’adequació econòmica nostra a la mundialització serà inevitablement, a la llarga, molt més dura i traumàtica, i en comptes de fer valer els aspectes complementaris entre les economies nostra i del Sud, com una bona base per regular mútuament els fluxos econòmics, anirem a remolc de la defensa cada vegada més impotent d’un sistema de privilegis. El pànic provocat per l’allau recent de tèxtil xinès és un avís d’un canvi irreversible de tendència en la correlació de forces econòmiques.




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